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Dulces sueños


No recuerdo si fue hace tres o cuatro años que sacamos la televisión de la recámara y decidimos sólo tener una pantalla con televisión de paga en la sala. En el cuarto del crío hay una tele que no agarra señal externa, sólo de un reproductor de DVD, en donde ve películas de vez en cuando.
La decisión fue fácil: si está ahí, estará prendida. No me malentiendan, no tengo nada en contra de la tele, es más, me declaro adicta y amante. Pero sentía que la recámara me reclamaba un poco de exclusividad para el descanso y el sueño. Y miren que lo cumplo: si tengo oportunidad, me acuesto a las 9:30 de la noche y a las 6 de la mañana ya estoy arriba preparando lonches y todo eso.
Hay quienes pelan los ojos cuando les digo que duermo ocho horas, me preguntan que si tengo ochenta años o que cuál es mi problema, pero la verdad es que no tengo más problema que el volverme una especie de monstruo gritón y malhumorado si no duermo lo suficiente.
Pero dejé la tele y lo cambié por el teléfono, mal cambio. Con el pretexto de que lo usaba como despertador, lo conectaba para cargarlo en mi tocador y pues, como era de esperarse, antes de dormir checaba el facebook, el whatsapp, you tube, y se me iba un buen rato en la pantallita. 
Por fin, y gracias a mi madre que me regaló un reloj digital con alarma, saqué el cargador a la sala, y a las 9:30 desconecto el WIFI del teléfono y lo dejo fuera de la recámara. Así puedo leer sin tentaciones de enterarme de cosas que no son para mí, o perder mi tiempo viendo memes o videos de maquillajes que jamás me haré. Por cierto, empecé con Neverwhere, de Neil Gaiman, y está bastante entretenido. Ya que lo termine lo comentaré.
Mi lindo clásico Casio, que es a los relojes lo que Nokia a los celulares. Disculpen mi manicura...

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