Misión imposible

domingo, 7 de abril de 2013


Siempre me dije a mí misma en mi juventud que jamás sería una ama de casa, pensando, ingenuamente, que se pueden tener muchas opciones al respecto. Aun cuando una mujer trabaja fuera del hogar, en un momento del día tiene que volver y enfrentarse a un lugar que tiene que estar limpio, y a una familia que tiene que comer. Por fortuna (y porque me lo propuse así) me casé con un hombre inteligente y responsable, que entiende que las tareas del hogar son tanto suyas como mías. Sin embargo, la carga social y mi naturaleza (no entraré en debates sobre el feminismo, hablo a título personal) me hacen desear tener talento para ciertas cosas del hogar. Mantener limpia la casa, la ropa impecable, son cosas a las que no les temo, pero son una historia de nunca acabar, y la idea de pagar por alguien que nos ayude, es totalmente imposible. Limpiamos entre los dos, y ni así logramos tener la casa como muestrario de mueblería.
La otra cosa que me frustra, es la comida. No me malinterpreten: me gusta cocinar, me entusiasma buscar recetas, y probar cosas nuevas, el problema es que nada me queda rico. Mi esposo, en cambio, tiene muy buena sazón, por lo que últimamente él cocina más que yo, lo cual me hace sentir bastante, bastante frustrada. Me considero una escritora entretenida, una craftster ingeniosa, una promotora cultural práctica y una mamá decente, pero creo que debo empezar a aceptar mi triste realidad: jamás seré la Master Chef, ni siquiera de mi casa. En fin, terapia dominguera.
 
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