jueves, 10 de noviembre de 2016

Con la edad vienen cosas buenas




-Agradece que no te mando a la tienda a pie, En mis tiempos nos mandaban a diario.
-"En mis tiempos..." Ay, mamá, sonaste como anciana.

Es cierto. Cada vez me cacho a mí misma diciendo cosas como esa. 
No, no soy anciana, ni me siento anciana ni pienso ni me veo como una, peeeero me siento más cerca de los 70 que de los 20.
Me explico: a los 20 no me ponía crema en la cara, ni protector solar; comía lo que buenamente llegaba a mis manos; pasaba días durmiendo un mínimo de horas; mis piernas eran igual de chubbies pero no tenían celulitis; sólo ocupaba un par de tenis y un labial; no me preocupaba la política, ni la contaminación, ni ser fotografíada en un antro porque no había teléfonos con cámara. Lo que sí me preocupaba, aunque yo juraba que no era así, era el "qué dirán". Quería gustar, quería encajar, quería que me quisieran. Quería ser alguien aceptado y a la vez quería ser diferente a los demás. Me veía al espejo y me sentía orgullosa de mi pelo pixie y mi ropa de segunda, pero cuando salía a la calle quería gustarle a los chicos pero no era ni bonita ni agradable, sólo era yo, pues.Y entraba en depresión, y pasaba días comiendo basura y fumando mentolados.
Ahora, con 37 años, estoy en la mitad de la vida (eso espero), y tengo justo lo que soñaba cuando era estudiante, tal vez un poco más de lo que esperaba, pero mi vida fue en otro sentido.
Jamás, a los 20, me imaginé siendo vegetariana -en transición al veganismo-, nunca me imaginé comiendo sano, ni siendo lo que en ese tiempo habría llamado "aburrida" o "noña" porque no me gusta salir a bares ni beber una cerveza tras otra. Nunca me imaginé encerrada en mi casa.
Y ése es uno de los privilegios de crecer: no TENER que socializar. No tener que quedar bien, y realmente vivir sin preocuparse por el juicio de los otros.
Tengo control absoluto de mis redes sociales y conservo a quienes quiero y elimino a quienes no me aportan nada. Puedo ser tan sangrona como quiero: llegar al gimnasio con audífonos y no quitármelos hasta estar lo suficientemente lejos para no escuchar el reggetón; no llegar a un restaurante si tienen una banda sinaloense tocando; puedo, si quisiera, tatuarme hasta la lengua, sin miedo a que me juzguen. Como lo que creo que es correcto, y no doy explicaciones de por qué lo hago, si no quiero.
Puedo predicar, puedo llorar, puedo ignorar, con un poco más de tacto que antes, porque no me interesa gustar, ni causar lástima ni ofender. No tengo que ganarle a nadie. 
Siento un poco de lástima por la Yo de veinte años, porque la vida era difícil entonces. Porque todavía no aprendía a querer, a querer en serio, y hoy ¿a quién quiero más en el mundo? A mí, antes que a nadie, porque es como medida de seguridad de avión: primero te pones el chaleco salvavidas, y luego ayudas a los otros. No hay temor de sonar egoísta. 
Soy lo que como, lo que escucho, lo que leo y lo que veo en la tele o el internet, y todo eso lo decido yo, al fin. 
Siempre se puede estar mejor, SIEMPRE. Me quiero, me gusta mi cuerpo, pero no me gusta la celulitis, así que voy al gimnasio, no le hace que llegue a mi ideal de cuerpo a los 60, nunca será tarde.



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