¿Dónde lo pongo, señor?

jueves, 31 de marzo de 2011


¿Qué se hace con una novela que no gana concursos
 porque no tiene buen nivel,
pero que aún así te gusta,
pero que ya no tienes ganas de tallerear ni pulir?
Se tira a la papelera, supongo... 

De bienes materiales

viernes, 25 de marzo de 2011


Hace meses nos dimos cuenta de que las llantas delanteras del carro estaban a punto de tronar. Así que empezamos a buscar llantas (usadas, por supuesto) para cambiarlas. Pues Bernardo no encontraba, hasta que un día ya estaban en las últimas y nos aventamos una peregrinación por las llanteras, hasta que a la cuarta encontramos. Resulta que son llantas que traen del otro lado (USA), pero ahora está prohibido, por eso tardan más en llegar "de contrabando". Ahora sí que la están haciendo buena. Tendremos que comprar nuevas o andar a pie. ¿Qué sigue? ¿Prohibir las cosas de segunda? Los que estamos en el escalón del medio y para abajo, simplemente estamos siendo orillados al consumo, a gastar el dinero que no tenemos. 
No tengo nada en contra de los ricos. Es sólo que me parece que no es una ley de vida que unos tengan de más y otros no tengan nada. Yo no me quejo: nada me falta. Pero no es porque tenga la solvencia para comprar todo, sino porque hace mucho tiempo que perdí el pudor estúpido de comprar todo nuevo.
Mi casa está amueblada, casi por completo, con muebles heredados. El 90% de mi ropa es de segunda o igual, heredada. No vamos al cine (Bern y yo, sin Dante) desde el 2008, porque cuando hay dinero es para llevar al crío. No vamos a restaurantes, no nos damos el lujo de comprar ropa para ocasiones especiales y mi carro no llega a la playa sin vomitar el aceite. Y nuestros sueldos son, relativamente, decentes, y nomás tenemos un niño. No me explico cómo le hacen los que ganan menos y tienen dos o tres hijos. Todos queremos tener lo necesario para estar felices y cómodos, muchos lo merecen, otros no tienen la educación ni la guía de una familia cariñosa y se van por el camino rápido (que no siempre el más fácil), pero igual tenían derecho de nacer con la garantía de una vida segura y feliz.
¿Qué nos queda? Trabajar, intercambiar, hacerlo uno mismo, utilizar las cosas mientras nos sirvan, y cuando no, transformarlas o regalarlas. Y aguantar.

NO soy de la vela pertpetua

lunes, 21 de marzo de 2011

El viernes pasado hubo kermess en la escuela de Dante, y se presentaron varios grupos bailando, como es costumbre.  Un grupo de 5to o 4to bailó la canción de "El botecito", que es la del video que pongo abajo. Las niñas se veían muy monas con sus camisas a cuadros amarradas en la cintura y sus levis, pero no me gustó mucho la elección de la canción. A riesgo de sonar como moralista o anticuada o asustadiza, debo decir que nuestro país está social y culturalmente en decadencia, como para todavía fomentarlo en las escuelas. En serio, me encanta ver a los chicos bailando, pero hay tanta música, que se puede escoger algo con contenido menos, cómo decirlo, vulgar.
La canción no es grosera, eso lo aclaro, ni es tan horrenda como un reggaetón, pero eso de que "el botecito es para que lo gocen los humanos"?
Sé que es una canción light comparada con lo que los niños escuchan ahora ("Ando bien pedo, bien loco"), pero creo que el deber de un maestro es brindar a los alumnos opciones diferentes a lo que ven, leen (leen?), escuchan y hacen en casa. 
Es un poco lo que sucede con un promotor cultural, cuyo deber es crear y difundir alternativas a la "cultura" de las masas. De hecho, me parece que un promotor, sobre todo el que trabaja con niños, debería estar consciente de que es necesario mostrar otros escenarios, y con mayor razón a los niños o jóvenes cuyo su ambiente cotidiano está influido por la violencia, el alcohol, las drogas o el machismo. Creo que la música, la literatura, las artes plásticas y el cine son excelentes para lograrlo. 
En fin. Vuelvo a jurar que no soy asustadiza, de hecho, la rolita es pegajosísima.

Plato especial para la señora quejosa, por favor

sábado, 12 de marzo de 2011

No te creas: sí me da penita a veces. Me gusta llamar la atención y todo, pero tampoco me gusta angustiar a los anfitriones. Y es que ser vegana me ha limitado mucho mi vida social, junto con mi menú. En casa no tengo bronca, pero fuera de mi santuario casi monástico,  no tengo muchas opciones. Por ahí me encontré unos panes integrales sin huevo, y no me fallan los elotes con puro limón y chile, pero lo que es comida... En carnaval, como a los muchachos les llevaban cena, yo me compré un Subway sin mayo ni queso, y estaba muy decente, pero la neta me duele un poco el codo pagar 50 pesos por un pan con algunas verduras. Pero bueno, a eso ya me he acostumbrado, y me gusta, mi cuerpo empieza a desinflarse, y gasto mucho menos en chucherías. El verdadero problema es cuando se trata de convivir. En el after de un evento llevaron pizza y ni modo de quitarle el queso, me salvó que un buen amigo llevó sushi y me preparó un rollo especial vegano, que si no, me quedo como perro de taquería con mala suerte. Ayer fuimos a comer con los de la oficina y era un menú para todos: sopa de tortilla y arracheras como plato fuerte. Otro amigo pidió por anticipado un plato sin nada animal para mí. No comí sopa porque seguro tenía consomé de pollo y también tenía queso, aunque olía delicioso. El postre, para mi desgracia, era una rebanada jumbo de flan bañado con jarabe de chocolate, que por obvias razones, tampoco probé. Sentada entre todos, comiendo mi plato especial, blanco de las burlas, me sentí como apestada, como paria, pero también agradecida con el gesto de preocupación de mi compañero.
En fin. Una vez decidido no hay vuelta atrás, el veganismo no es una dieta, es un estilo de vida que también tiene sus detallitos grises.
 
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