domingo, 30 de enero de 2011

¿Quieres ser una gallina ponedora?

Animal Visuals creo este video interactivo para vivir en carne propia lo que viven millones de gallinas, sólo para que puedas desayunarte un omelet, comer tus galletas o tu mayonesa.

viernes, 28 de enero de 2011

Diferencias entre vegetariano y vegano

"huevos revueltos" receta abajo

Hace poco puse en el facebook que aunque no soy vegana, dejé de ser ovolactovegetariana y me he convertido en vegetariana a secas, y alguien me preguntó si no era lo mismo que vegana. Explico la diferencia:

  • Vegetariano es quien no come alimentos de origen animal: carnes, aves, pescados ni mariscos, huevo, leche ni queso.
  • Vegana es la persona que además de llevar una dieta 100% vegetariana NO CONSUME NI UTILIZA NINGÚN PRODUCTO DE ORIGEN ANIMAL. Entiéndase por eso: miel, gelatina, lana, seda, cuero, suplementos alimenticios que provengan de animales. Tampoco consume ningún producto que conlleve directamente sufrimiento animal: medicamentos, cosméticos o cualquier otro tipo que hayan sido probados en animales.
A mí me falta para llegar al estilo de vida vegano, pero por lo pronto cambié mi menú. Que qué voy a comer ahora??? Ejemplos:
Hoy desayuné sandwich de tocino vegetal, sin mayonesa pero con mucha mostaza, espinaca y tomate. Comí "huevos revueltos" (tofu preparado con verduras) y tortilluca de maíz.Cené cereal vegano con leche de soya.
Ah, lo olvidaba: a media mañana me comí una concha de el "Quinto sol", integral y sin huevo!

Me siento muy feliz. Es como vencer una parte de mí que me dominaba: galletas y panecitos industrializados, chocolate, mayonesa, quesadillas, huevo, mayonesa, pastas con cremas, mayonesa, tortilla de harina comprada, mayonesa...

miércoles, 19 de enero de 2011

Transparente


Dalí se vio esa mañana, y pensó que el hecho de verse pálida se debía a la mala noche que había pasado. Cepilló su cabello pero de ninguna manera lograba acomodarlo para llevarlo suelto a la oficina. Una trenza otra vez, pensó, y le pareció un peinado demasiado común para la blusa nueva que pensaba ponerse, así que la guardó en el clóset y escogió una más informal. Cuento esto como si fuera algo inusual, pero en realidad era una escena que se había repetido frecuentemente los últimos meses. De hecho, la blusa, -roja, y algo escotada- la había comprado para usarla el día de San Valentín, y al paso que iba la acabaría estrenando el día de las madres, cuando fueran, como cada año, al restaurante chino.
El ingeniero la recibió con la noticia de que en su escritorio le esperaba una computadora nueva, acabadita de desempacar. Habían sido premiados por ser uno de los departamentos con mayor puntuación en eficiencia, y de las tres máquinas que les habían dado, le tocó una, porque la que tenía todavía usaba  Windows 98 y no tenía ni puertos usb, vaya, que todavía tenía unidad para disquete. Dalí agradeció la buena voluntad y fingió estar muy emocionada, pero no era así. Sintió algo de culpa, después de todo, se la podían haber dado a cualquiera, las computadoras de todos estaban igual de viejas.
Silvita le dijo que últimamente la veía rara, Eugenio agregó que estaba amarilla y Rubén, como siempre, que lucía muy guapa, pero no lo había sentido muy sincero. Entró al baño, incómoda por los comentarios, a darse una manita de gato. Estaba bien peinada, no se veía mal, pero sí se notó extraña. Era algo en su piel, un color blacuzco, a pesar de que ella era morena. Se arrepintió de no llevar consigo su neceser para ponerse un poco de rubor.
Las tres de la tarde suele ser una pésima hora para manejar, pero algo tan inevitable como la salida del sol. Prendió el radio y cambió varias veces la estación antes de apagarlo. Entre sus reglas inviolables tenía la de nunca usar el celular mientras conducía, pero era demasiada la ansiedad por revisar si estaba prendido y si el volumen del timbre funcionaba como debía. Todo en orden: simplemente nadie la llamaba. Ismael menos que nadie, la filosofía de que “para qué llamadas y mensajes innecesarios, si te veo cada dos días” la desesperanzaba. Y la hartaba, o estaba muy cerca de hartarla. Quería ser sorprendida por una llamada espontánea, sin razón alguna, sólo para platicar. O un mensaje bobo como un “TQM” o de perdida un carita feliz de dos puntos y paréntesis. Pero nada de eso era del estilo de Ismael. Nada que tuviera que ver con rosas o chocolates o regalitos, todas esas cursilerías que sus compañeras de oficina tanto le presumían. Encendió la radio de nuevo y escuchó a José José terminar de cantar “Te quiero tal como eres tú”, y sonrió por la casualidad. La suerte estuvo de su lado y le tocaron casi todos los semáforos en verde. No le estaba yendo mal, de hecho le iba bien, pero igual tenía una sensación de amargura que no podía quitarse con buenos pensamientos ni con la barra de chocolate que llevaba en la bolsa.
Peló una naranja y se recostó a ver la tele. Tenía tanta flojera que planeaba quedarse en casa toda la tarde, así que mandó un mensaje: tengo mucho trabajo, nos vemos otro día, a su madre y a Ismael. Ninguno de los dos le respondió. ¿Acaso les daba igual verla o no? ¿o es que no habían notado que llevaban por lo menos una semana sin saber de ella? Su “ley del hielo” le había salido contraproducente. Hacía siete días se decidió a dejar de buscarlos, a esperar a que ellos la extrañaran y se dieran cuenta de que algo le estaba molestando, pero parecía estarles ahorrando la pena de ignorarla.
Su mejor amiga se llamaba Susana, su segunda mejor amiga, María Fernanda. ¿Porqué su mamá tuvo que ponerle Dalí? ¿Por qué no Claudia o Alejandra? Estaba bien admirar al artista, pero llevar como nombre su apellido era excesivo. Tal vez llevaba a cuesta las frustraciones y deseos de su madre. Tal vez aquella no tenía un buen nombre y escogió el primero que se le vino a la mente. La naranja estaba dulce y jugosa. Decidió terminar de disfrutarla y dejar para otro momento su amargura y sus reclamaciones.
Los siguientes tres días pasaron sin sorpresas y sin visitas, pero con paz. Dalí se negó a responder mensajes y llamadas, y sólo platicaba con quien se le antojaba y de lo que se le antojaba. Se entretenía platicando con Rubén, que como siempre había estado enamorado de ella, le festejaba cada cosa que hiciera y halagaba su peinado, su ropa y sus frases “ocurrentes”. Silvia se había puesto pesada con eso de que la notaba demacrada y paliducha, y la tuvo que excluir de su nueva y selecta lista de amistades. Pero muy en el fondo y aunque no quería admitirlo, su compañera tenía razón. Su maquillaje líquido ya no correspondía al tono de su piel porque ahora estaba mucho más claro. Las venas se le notaban, azulísimas, en las manos, el cuello y los pies.
Tirada sobre su cama, recordó aquel cuento que venía en su libro de primaria, y que tantas veces había leído: El leve Pedro, el que se fue haciendo cada vez más ligero, hasta que se lo llevó el viento. Ella no se sentía más ligera, al contrario, le pesaban las piernas y la cabeza, como si llevara plomo y por eso le daba tanta flojera hacer cualquier cosa. Incluso pintarse las uñas. Levantó la mano para vérselas, y se llevó el susto de su vida. Podía ver la luz del foco a través de su mano. Se transparentaba y no tenía idea si su situación sería temporal o definitiva o si un buen día se pararía frente al espejo y no podría verse.
Buenos días paliducha, le dijo Silvia, sin voltearla a ver. Rubén pasó de largo hasta su escritorio. El ingeniero no la llamó en toda la mañana así que no casi no tuvo trabajo. Dalí pasó la mañana metida en internet. Vio los videos más populares, de los que había escuchado tanto pero que no había visto; revisó las fotos de sus amigos en Facebook y disfrutó poniéndose al día en sus vidas. Consultó su tarot en línea, escribió un correo a Ismael en donde le explicaba que lo quería mucho pero que ya no pensaba seguir con él. También le escribió a su madre para pedirle perdón por ser tan egoísta e incomprensiva, y le prometió invitarla a comer en la quincena.
Regresó a su casa con ánimo, y el camino se le hizo corto tarareando las canciones del radio. Pasó a comprar una pizza grande para ella sola, y unas cervezas, que disfrutó mientras veía la telenovela de la tarde. No quería contarle a nadie sobre lo que le estaba ocurriendo, mucho menos consultarlo con un médico porque no estaba enferma, de hecho se sentía de lujo.
Se acostó temprano porque la cerveza le dio sueño. Se quitó la ropa para sentir el satín de las sábanas acariciando su piel. Cuando Dalí se quedó dormida, ya se podía ver el estampado de flores de la sábana a través de su delgada y transparente piel.

miércoles, 12 de enero de 2011

Un poco de confusión



-Mamá, esa guardería que abrieron es del DIF
-No, hijo, no es del DIF
-Sí. Ahí decía: INSTITUTO GENERAL ELECTORAL
-Ah, si?
-Sí, o sea, de la Secretaría de Salud, pues. (Y señaló el logo de "Vivir Mejor" en un letrero!)

domingo, 9 de enero de 2011

Ya basta de sangre!

Esta es la consigna para manifestarnos mañana 10 de enero con pancartas o cartulinas, y para llenar el Twitter de Calderón con #BASTADESANGRE, en protesta (o súplica) por la violencia incontrolable que gobierna en nuestro país.
Yo creo que la sangre que se derrama es roja en todos lados, así que yo agregaría:

¡Basta de sangre de ciudadanos inocentes en nuestras calles!
¡Basta de sangre de "delincuentes" inocentes!
¡Basta de sangre de civiles inocentes en las guerras!
¡Basta de sangre de soldados en las guerras!
¡Basta de sangre en las plazas de toros!
¡Basta de sangre en los mataderos, en los refrigeradores y en los platos!

miércoles, 5 de enero de 2011

Lectura en voz alta


Lo mejor de haber conocido a Enrique Serna en persona, es que ahora que estoy leyendo La sangre Erguida, siento que escucho su voz, como si él mismo la estuviera leyendo en voz alta.  No, no es que me haya enamorado del señor, que dicho sea de paso, es bastante atractivo, interesante, simpático y sencillo, sino que me pareció que sus textos son de lo más transparentes y honestos. Lo conocí en un taller de tres días, y resultó ser una persona muy accesible, muy alejada de la pose del escritor de saco y puro, de esos que hablan y escriben para los eruditos y sus compadres. Y así son los textos que he leído de él. Ricos en su lenguaje, pero comprensibles para cualquiera; una narración fluida, muy amenos, divertidos. 
Esta novela, que por cierto me regaló el buen Bern en navidad porque sabía que yo moría por tenerla, pinta muy bien, aunque sólo llevo una cuarta parte leída. En cuanto la termine les contaré el final. Estoy bromeando. Sólo les diré que me pareció.

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