viernes, 27 de abril de 2012

El país del casi, casi


Hoy anunciaron que la asamblea legislativa del Distrito Federal decidió no continuar (por el momento) con la propuesta de prohibir las corridas de toros en el DF. La noticia no me sorprende, era de esperarse que la gente involucrada en el negocio taurino (que es menos) pesara más que toda la gente que repudia este espectáculo salvaje. Pero como yo no puedo empezar el día sin hacer mi corajito (lo siento, no sería yo misma si no los hiciera) ya hice bilis hoy con brozo, el payaso conductor que en lo particular me cae mal, por creerse el intelectual, el inquisidor y el periodista de las causas nobles (cuando sólo es un empleado más de televisa). Al hablar sobre la noticia apoyó la decisión de congelar el tema en la asamblea, porque "hay cosas más importantes de qué preocuparse", y bueno, sí y no: los legisladores deberían atender TODOS los asuntos, que para eso les pagan rebien. ¿Qué hacen todo el año, si no es rascarse la panza y gastarse dinerales que son de nosotros?  Claro que es necesaria una ley general de víctimas, claro que urgen reformas, pero la cuestión de la tauromaquia es también importante: refleja la idiosincrasia de un pueblo; la manera en que los hombres se relacionan con los otros seres vivos; la sensibilidad, la empatía hacia el sufrimiento ajeno. Pero eso no importa, ya que la "fiesta", tan rica en elementos culturales (de otro país: España) justifica cualquier sacrificio. 
Que se jodan los toreros. Que se jodan los empresarios. 
Los toros ni en el ruedo, ni en el plato!

sábado, 7 de abril de 2012

En el corazón

Mi abuelo fue a la segunda guerra mundial con el H. Escuadrón 201, y yo no he desperdiciado la oportunidad de contárselo a quien he podido. Muchos lo conocieron por eso, y por supuesto que siempre he sentido mucho orgullo, pero la verdad es que los recuerdos que tengo de mi abuelo, los más fuertes, no son del ejército. De hecho, a mí no me tocó verlo como militar. Los recuerdos que tengo de él son más familiares: mi abuelo, en su taller, reparando televisiones, rodeado de ellas. 
Ahí estaba, sentado en un banco café y yo, por ahí jugando con un flyback como estetoscopio, o condensadores como accesorios de barbies. Recuerdo el sonido que hacía el cautín caliente al contacto con la esponja mojada, y el ruido blanco de los aparatos prendidos; los espejos que usaba para ver las pantallas, la lupa, el alambre de soldadura que yo cortaba con los dientes; yo, metida entre las patas de un banco de madera, viéndolo armar y desarmar...
No necesitaba un tatuaje para tenerlo presente, pero ahora será indeleble.

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