Breve historia sobre predicar el vegetarianismo

lunes, 10 de agosto de 2015

Mi vecina le pega a su hijo. Yo sé que a su hijo le duele, y sufre.
Le digo a mi vecina que no está bien que le pegue.
Ella me dice que así le enseñaron, que a ella la educaron así.
Le digo que sí, pero que que hay otras maneras de corregir a su hijo.
Ella me dice que no. Que es la única forma. Que si no le pega el niño crecerá malo y ella será una mala madre.
Le digo que seguramente hay otras muchas formas.
Dice que no, que es la única. Que así nos hizo la naturaleza, para golpear y ser golpeados.
Le digo, ya enfadada, que no es justo, que ella es adulta y él, un niño pequeño que no eligió ese trato, que sufre y no puede defenderse. Que ella, como adulta, debería defenderlo y cuidarlo.
Me dice que me creo mejor que ella porque no golpeo a mi hijo, y que no tengo ningún derecho a decirle cómo educar al suyo. Que si yo no lo golpeo, es mi decisión, pero que lo haga en mi casa, en silencio, y que no ande por la vida diciéndole a los demás qué hacer. Que sea tolerante y acepte las diferentes formas de vivir.
Mejor me quedo callada. Pero no dejaré de escuchar los llantos del niño cada día.

 
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