miércoles, 19 de enero de 2011

Transparente


Dalí se vio esa mañana, y pensó que el hecho de verse pálida se debía a la mala noche que había pasado. Cepilló su cabello pero de ninguna manera lograba acomodarlo para llevarlo suelto a la oficina. Una trenza otra vez, pensó, y le pareció un peinado demasiado común para la blusa nueva que pensaba ponerse, así que la guardó en el clóset y escogió una más informal. Cuento esto como si fuera algo inusual, pero en realidad era una escena que se había repetido frecuentemente los últimos meses. De hecho, la blusa, -roja, y algo escotada- la había comprado para usarla el día de San Valentín, y al paso que iba la acabaría estrenando el día de las madres, cuando fueran, como cada año, al restaurante chino.
El ingeniero la recibió con la noticia de que en su escritorio le esperaba una computadora nueva, acabadita de desempacar. Habían sido premiados por ser uno de los departamentos con mayor puntuación en eficiencia, y de las tres máquinas que les habían dado, le tocó una, porque la que tenía todavía usaba  Windows 98 y no tenía ni puertos usb, vaya, que todavía tenía unidad para disquete. Dalí agradeció la buena voluntad y fingió estar muy emocionada, pero no era así. Sintió algo de culpa, después de todo, se la podían haber dado a cualquiera, las computadoras de todos estaban igual de viejas.
Silvita le dijo que últimamente la veía rara, Eugenio agregó que estaba amarilla y Rubén, como siempre, que lucía muy guapa, pero no lo había sentido muy sincero. Entró al baño, incómoda por los comentarios, a darse una manita de gato. Estaba bien peinada, no se veía mal, pero sí se notó extraña. Era algo en su piel, un color blacuzco, a pesar de que ella era morena. Se arrepintió de no llevar consigo su neceser para ponerse un poco de rubor.
Las tres de la tarde suele ser una pésima hora para manejar, pero algo tan inevitable como la salida del sol. Prendió el radio y cambió varias veces la estación antes de apagarlo. Entre sus reglas inviolables tenía la de nunca usar el celular mientras conducía, pero era demasiada la ansiedad por revisar si estaba prendido y si el volumen del timbre funcionaba como debía. Todo en orden: simplemente nadie la llamaba. Ismael menos que nadie, la filosofía de que “para qué llamadas y mensajes innecesarios, si te veo cada dos días” la desesperanzaba. Y la hartaba, o estaba muy cerca de hartarla. Quería ser sorprendida por una llamada espontánea, sin razón alguna, sólo para platicar. O un mensaje bobo como un “TQM” o de perdida un carita feliz de dos puntos y paréntesis. Pero nada de eso era del estilo de Ismael. Nada que tuviera que ver con rosas o chocolates o regalitos, todas esas cursilerías que sus compañeras de oficina tanto le presumían. Encendió la radio de nuevo y escuchó a José José terminar de cantar “Te quiero tal como eres tú”, y sonrió por la casualidad. La suerte estuvo de su lado y le tocaron casi todos los semáforos en verde. No le estaba yendo mal, de hecho le iba bien, pero igual tenía una sensación de amargura que no podía quitarse con buenos pensamientos ni con la barra de chocolate que llevaba en la bolsa.
Peló una naranja y se recostó a ver la tele. Tenía tanta flojera que planeaba quedarse en casa toda la tarde, así que mandó un mensaje: tengo mucho trabajo, nos vemos otro día, a su madre y a Ismael. Ninguno de los dos le respondió. ¿Acaso les daba igual verla o no? ¿o es que no habían notado que llevaban por lo menos una semana sin saber de ella? Su “ley del hielo” le había salido contraproducente. Hacía siete días se decidió a dejar de buscarlos, a esperar a que ellos la extrañaran y se dieran cuenta de que algo le estaba molestando, pero parecía estarles ahorrando la pena de ignorarla.
Su mejor amiga se llamaba Susana, su segunda mejor amiga, María Fernanda. ¿Porqué su mamá tuvo que ponerle Dalí? ¿Por qué no Claudia o Alejandra? Estaba bien admirar al artista, pero llevar como nombre su apellido era excesivo. Tal vez llevaba a cuesta las frustraciones y deseos de su madre. Tal vez aquella no tenía un buen nombre y escogió el primero que se le vino a la mente. La naranja estaba dulce y jugosa. Decidió terminar de disfrutarla y dejar para otro momento su amargura y sus reclamaciones.
Los siguientes tres días pasaron sin sorpresas y sin visitas, pero con paz. Dalí se negó a responder mensajes y llamadas, y sólo platicaba con quien se le antojaba y de lo que se le antojaba. Se entretenía platicando con Rubén, que como siempre había estado enamorado de ella, le festejaba cada cosa que hiciera y halagaba su peinado, su ropa y sus frases “ocurrentes”. Silvia se había puesto pesada con eso de que la notaba demacrada y paliducha, y la tuvo que excluir de su nueva y selecta lista de amistades. Pero muy en el fondo y aunque no quería admitirlo, su compañera tenía razón. Su maquillaje líquido ya no correspondía al tono de su piel porque ahora estaba mucho más claro. Las venas se le notaban, azulísimas, en las manos, el cuello y los pies.
Tirada sobre su cama, recordó aquel cuento que venía en su libro de primaria, y que tantas veces había leído: El leve Pedro, el que se fue haciendo cada vez más ligero, hasta que se lo llevó el viento. Ella no se sentía más ligera, al contrario, le pesaban las piernas y la cabeza, como si llevara plomo y por eso le daba tanta flojera hacer cualquier cosa. Incluso pintarse las uñas. Levantó la mano para vérselas, y se llevó el susto de su vida. Podía ver la luz del foco a través de su mano. Se transparentaba y no tenía idea si su situación sería temporal o definitiva o si un buen día se pararía frente al espejo y no podría verse.
Buenos días paliducha, le dijo Silvia, sin voltearla a ver. Rubén pasó de largo hasta su escritorio. El ingeniero no la llamó en toda la mañana así que no casi no tuvo trabajo. Dalí pasó la mañana metida en internet. Vio los videos más populares, de los que había escuchado tanto pero que no había visto; revisó las fotos de sus amigos en Facebook y disfrutó poniéndose al día en sus vidas. Consultó su tarot en línea, escribió un correo a Ismael en donde le explicaba que lo quería mucho pero que ya no pensaba seguir con él. También le escribió a su madre para pedirle perdón por ser tan egoísta e incomprensiva, y le prometió invitarla a comer en la quincena.
Regresó a su casa con ánimo, y el camino se le hizo corto tarareando las canciones del radio. Pasó a comprar una pizza grande para ella sola, y unas cervezas, que disfrutó mientras veía la telenovela de la tarde. No quería contarle a nadie sobre lo que le estaba ocurriendo, mucho menos consultarlo con un médico porque no estaba enferma, de hecho se sentía de lujo.
Se acostó temprano porque la cerveza le dio sueño. Se quitó la ropa para sentir el satín de las sábanas acariciando su piel. Cuando Dalí se quedó dormida, ya se podía ver el estampado de flores de la sábana a través de su delgada y transparente piel.

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