martes, 11 de septiembre de 2012

Ejercicio



La gente que me conoce de años atrás sabe que durante mi adolescencia y buena parte de mi juventud fui deportista. Primero, como nadadora de sincronizado y luego como entrenadora de un equipo de niñas. Me tocó ir a competir fuera de estado, y todo. Pero de adulta me convertí en una persona sedentaria y perezosa. La verdad yo puedo pasar todo el día en un sillón tejiendo y checando el internet, sin ningún problema. Pero a mis 33 años, ya no puedo darme esos lujos: las rodillas me dolían y crujían, la espalda no se diga; la respiración se me agotaba y qué decir de los muchos kilos de más...
Bernardo tenía más del año yendo al gimnasio, así que me decidí. Es algo a lo que no estaba acostumbrada: yo fui, más bien, de pasar horas en una colchoneta haciendo ejercicios o metida en la alberca, o de hacer zumba, pero las pesas eran algo nuevo. 
El primer día del gimnasio tuve que correr al baño a vomitar, y llegué a mi casa morada, a punto de llorar.  Luego volví a vomitar una o dos veces (tengo estómago sensible). Pero ahora (cuatro meses después) puedo decir que ya no vomito! y me gusta salir escurriendo de sudor y con la cara como un tomate. Mis rodillas ya no truenan, y aunque todavía me falta mucho para ponerme un bikini (vaya, no me animo a salir de casa en shorts) no pierdo la fe.
Todo sea por la salud.

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