lunes, 22 de abril de 2013

Sobre la fantasía


Gabriel García Márquez ha sido para mí un modelo a seguir desde que leí, hace muchos años, "La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira...", no sólo porque es un escritor al que cualquiera puede disfrutar, sino porque él mismo tiene una cara amable y un gesto agradable, nada estirado ni solemne como otros escritores sagrados.
Pues bien, transcribo un fragmento de una entrevista realizada por Plinio Apuleyo Mendoza, publicada en su libro El olor de la guayaba, en 1982, en donde habla sobre la fantasía y la realidad, y su opinión es justo lo que yo opino sobre el tema.
 El fragmento lo encontré ayer en "16 cuentos Latinoamericanos" editado por la SEP, que es lo que estoy leyendo por las noches.

"-Detestas la fantasía...¿por qué?
-Porque creo que la imaginación no es sino un instrumento de la elaboración de la realidad.
Pero la fuente de la creación al fin y al cabo es siempre la realidad. Y la fantasía, o sea la invención pura y simple, a lo Walt Disney, sin ningún asidero en la realidad, es lo más detestable que pueda haber.
Recuerdo que alguna vez, interesado en escribir un libro de cuentos infantiles, te mandé como prueba "El mar del tiempo perdido". Con la franqueza de siempre, me dijiste que no te gustaba, y creías que era por una limitación tuya: la fantasía no te decía nada. Pero el argumento me resultó demoledor porque tampoco a los niños les gusta la fantasía. Lo que les gusta, por supuesto, es la imaginación.
La diferencia que hay entre la una y la otra es la misma que hay entre un ser humano y el muñeco de un ventrílocuo."

domingo, 7 de abril de 2013

Misión imposible


Siempre me dije a mí misma en mi juventud que jamás sería una ama de casa, pensando, ingenuamente, que se pueden tener muchas opciones al respecto. Aun cuando una mujer trabaja fuera del hogar, en un momento del día tiene que volver y enfrentarse a un lugar que tiene que estar limpio, y a una familia que tiene que comer. Por fortuna (y porque me lo propuse así) me casé con un hombre inteligente y responsable, que entiende que las tareas del hogar son tanto suyas como mías. Sin embargo, la carga social y mi naturaleza (no entraré en debates sobre el feminismo, hablo a título personal) me hacen desear tener talento para ciertas cosas del hogar. Mantener limpia la casa, la ropa impecable, son cosas a las que no les temo, pero son una historia de nunca acabar, y la idea de pagar por alguien que nos ayude, es totalmente imposible. Limpiamos entre los dos, y ni así logramos tener la casa como muestrario de mueblería.
La otra cosa que me frustra, es la comida. No me malinterpreten: me gusta cocinar, me entusiasma buscar recetas, y probar cosas nuevas, el problema es que nada me queda rico. Mi esposo, en cambio, tiene muy buena sazón, por lo que últimamente él cocina más que yo, lo cual me hace sentir bastante, bastante frustrada. Me considero una escritora entretenida, una craftster ingeniosa, una promotora cultural práctica y una mamá decente, pero creo que debo empezar a aceptar mi triste realidad: jamás seré la Master Chef, ni siquiera de mi casa. En fin, terapia dominguera.

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