Cosas de la madurez

lunes, 30 de mayo de 2011


Quiero escribir tantas cosas y nada me sale hoy. Supongo que es normal. Mi cerebro no está bloqueado, está, digamos, atascado con tanta cosa que me ocupa. Estoy creciendo y la vida me cambia y me convierto en adulta de a de veras. Trabajar en la oficina, cocinar, limpiar, tejer por pedido, escribir, preparar talleres, el trabajo en el colectivo, ser mamá y a veces una buena esposa. Cada cosa sin descuidar las otras. Es agotador. Realmente agotador. Pero no queda más que el trabajo. Y no sólo porque algunas de esas cosas significan una entrada extra con la que me puedo comprar cosas que me sirven para hacer las cosas que me gustan, sino por eso mismo: porque todo lo anterior me gusta. Tener la casa en orden, un chamaco feliz, un grupo de amigos cultureros que igual sacrifican su tiempo libre en chamba sin paga, dar talleres...
Ya no tengo tiempo de tirar la hueva como antes, pero tampoco tengo ganas de hacerlo. En fin, creo que son cosas de la edad. Nada más falta que se me empiecen a notar las canas y Juan Ferrara o Bertín Osborne (oh dios, Osborne No!) me parezcan atractivos.

La mamá y el bebé

martes, 10 de mayo de 2011

Me hice una prueba de embarazo en el baño de la oficina, y saliendo le dije a Bernardo, que sí, que íbamos a tener un bebé. No lloré, ni me asusté, ni (debo aceptarlo) me puse loca de alegría. Pasé el embarazo llorando con un novio al que no conocía bien, y triste porque no tenía dinero para comprarme ropa de maternidad. Cuando Dante nació alguien olvidó decirle que esa persona que tenía al lado no era una máquina de dar leche y me convertí en una vaca cuyo becerro no soltaba ni un momento. Yo renegaba y me quejaba porque no podía dar un paso sin que el crío llorara y quisiera comer.
Pero un buen día, ese pequeño empezó a carcajearse y a imitar la mímica de las canciones tontas que yo le cantaba con sus manitas, aprendió a hablar muy pronto, y todo se volvió muy sencillo. Cualquier problema lo podía solucionar hablando con él, porque tenía una capacidad de comprensión sorprendente.
Por cuestiones de trabajo tuvo que ir con nosotros a todos lados, y aún siendo un bebé cooperó como un campeón, aprendió a jugar siempre donde mamá lo viera aunque estuviera ocupada, a dormirse a sus horas, estuviera donde estuviera, así fuera en un sleeping dentro de un camión de sonido, junto a un templete con un grupo de death metal tocando; a hacer pipí en los lugares menos imaginados, a comer de un tupper cuando se requería, a estarse quietecito en la oficina, a hablar bajito en los eventos, a entretenerse con la compu en las reuniones, a ser vegetariano en casa, sin quejarse.
Es fácil ser mamá con un pequeño así.

Iron woman

Esta es la historia de una mujer que a los 18 años quedó embarazada, y a los 5 meses de tener a su hija, quedó huérfana de madre. Tuvo que trabajar y aunque intentó hacer una carrera, no pudo, aunque era muy inteligente y le echaba ganas. Aún así,  fue una mamá cariñosa, divertida, y llena de una energía inexplicable. quince años después, al final de un corto matrimonio complicado volvió a quedar embarazada. Si en el primer embarazo la edad era prematura, para el segundo, se sentía demasiado mayor, aunque no lo era. Y tuvo a su bebé y todo fue mucho más difícil porque lo que no te preocupa a los 19 años, a los 30 te aterra. Porque tenía que trabajar todo el día para poder mantener a sus dos hijos y porque sentía que aún le faltaban cosas por hacer. Así que ya siendo una joven abuela, decidió que entraría a la escuela por las mañanas, trabajaría en las tardes y los sábados, y las noches y los domingos los dedicaría a hacer tareas, limpiar la casa, lavar ropa y pasar tiempo con su hijo menor, y lo hizo. 
Iron woman (llamada secretamente por su yerno) puede desyerbar un patio, cocinar una olla de pozole, hacer pasteles, preparar clases, desponchar una llanta, despertarse a las 3 de la mañana a barrer, subir un cerro, coser unos pants, bordar, pintar su casa, cuidar a su nieto durante días y tener a un hijo adolescente inseparable.
Es una historia que he contado mil veces, lo sé, pero no importa. Cada vez que lo hago descubro motivos nuevos, explicación a cosas que no comprendía y moralejas que trato de aplicar para poder hacer yo misma la saga de la historia.

Galeano, para qué quiero un dios?

domingo, 1 de mayo de 2011

Mientras más vieja me hago, y mientras más escucho/leo a Galeano, más difícil se me hace pensar en las divinidades. El hombre que hace de sus pensamientos poesía, es la única prueba que necesito para tener fe en el hombre.

 
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