Cuento: El Letargo

lunes, 21 de octubre de 2013


Hace unos días vi una entrevista que Carmen Aristegui hizo con respecto de un video muy visto últimamente, sobre el caso de la Escuela Caracola, y me dejó pensando mucho. Por un lado, no se puede tolerar que un niño sea presionado (si yo fuera la mamá de ese pobre bebé, estaría como loca, indignada y furiosa), y por otro, no se puede juzgar a alguien por 14 segundos de video. En fin, les posteo este cuentillo que surgió en mi obsesiva cabeza, se los dejo así, sin correcciones, salvaje, puro y libre :p
Nota: esta historia, aunque basada en hechos reales y recientes, ES FICCIÓN, sin intención de ofender a nadie.

LETARGO EXISTENCIAL
-¿Por qué lo hiciste? ¿Te parece que fue la mejor actitud que pudiste tomar frente a un niño de tres años? ¿Fue una reacción desesperada, frustración, desesperación?- preguntó la periodista.
La maestra, con el micrófono apuntándole al rostro, se llevó el mechón de cabello que llevaba buen rato molestándole el ojo izquierdo hacia detrás de la oreja. Se sobó las manos y acomodó sus lentes de pasta.
-No fue una reacción desesperada, bueno, sí y no. Llevaba ocho meses trabajando con el niño para mejorar su actitud, pero él se encontraba sumido en un letargo existencial.
-¿Letargo existencial, un niño de tres años? ¿Cómo puede ser eso?
-El niño no participaba, no jugaba con los otros niños, apenas si se movía. Hablé con su madre, cambié las dinámicas, intenté diferentes actividades especiales con él, pero nada, sencillamente se comportaba como si su cuerpo estuviera en el salón, pero si estuviera dormido, o triste, o enojado, pero nunca estaba dentro del grupo. No tiene amigos, no platica con nadie, no confía en nosotros.
-¿Y no sería más prudente, no sé, dejar que su familia fuera quién se encargara de buscarle atención profesional, sicológica, o algo así?
-Lo intenté. Lo intenté todo. Su madre es una buena persona, platicamos algunas veces. Ella también lo ha notado extraño, pero no ha hecho nada para solucionar el problema, la he sentido un poco “tibia”, sólo dice que todo está bien, que sólo es muy tímido. El niño estaba en mi grupo, era mi alumno, y mientras estuviera en mi salón, era mi responsabilidad tratar de ayudarlo, tratar de hacerle sentirse vivo, por eso hice lo que hice.
-Pero el niño evidentemente está asustado, está sufriendo. Perdón, pero parece claro el maltrato.
-Si te fijas, en ningún momento lo toqué o lo lastimé, sólo lo instaba a que reaccionara.
¡Despabílate!¡Estás vivo!¡Siente tu cuerpo, tiene vida! ¡Muévete! ¡Siente la vida!- Gritaba la maestra mientras el niño lloraba durante los 14 segundos que duró el video que más había circulado en las redes sociales en esa semana. En él, la directora, acuclillada frente al niño que más que un niño parecía un lechón a punto de ser sacrificado, manoteaba en el aire, sacudía las manos. Fueron precisamente esos gritos los que habían llamado la atención del vecino que grabó con su celular desde la ventana trasera de su segundo piso.
-En el video te veo a ti gritando y a un pequeño que no para de llorar. ¿No crees que fue un poco cruel hacerlo llorar así?
-El niño no lloraba por lo que yo le decía. El niño lloraba desde que llegó. No participó en ninguna actividad del grupo. Lo llevé al patio para que corriéramos un poco. Marcos pesa alrededor de 15 kilos. Es pequeño y delgado. Yo lo tomaba de la mano para correr juntos, pero él se dejaba caer, y en serio, parecía una roca, un costal de cemento, no podía levantarlo. Por eso te decía que sí estaba frustrada, desesperada, de verlo tan desganado, pero no actué desesperadamente. Sabía lo que hacía, y lo volvería a hacer.
-Cambiando un poco el tema, mencionaste hace rato algo que llamó mi atención: “el niño se encontraba en un letargo existencial”. ¿A qué te refieres con eso?
-A una falta de vitalidad, a un desgano total por las cosas que a cualquier persona le entusiasmarían. Cosas básicas como jugar, cantar, comer sandía de lunch. Él no disfruta nada. Cuando no está llorando está distraído. Como si su existencia, hablando en un sentido filosófico y no físico, estuviera suspendida intencionalmente en un lugar inalcanzable para los otros. La sicóloga lo ha analizado por ocho meses: no tiene ningún problema mental, neuronal o físico. Es inexplicable.
-¿Crees que sea adecuado aplicar esos juicios a un niño de esa edad?
-¿Has tenido entre tus brazos a un pequeño de 3 años? ¿Lo has sentido? Un pequeño o pequeña huele a niñez: a dulces, a sudor; se siente cálido al tacto; su piel es rosada, se mueve, se ríe, grita, se retuerce si le haces cosquillas; eructa sin querer, se chupa los dedos, se ensucia sus manos. Marcos no hace nada de eso, no hay manera de sacarle una sonrisa.

Lejos del edificio de radio en donde se llevaba a cabo la entrevista, casi de otro lado de la ciudad, se encontraba Rosa Aurora, barriendo. Estaba en su casa, como todas las mañanas, mientras su esposo se iba a la oficina. En la recámara más grande, sentado en el piso, sobre un tapete azul, estaba Marcos. Apilaba unos cubos de madera, formando una muralla alrededor de él.
-Hijo. Marquitos. ¿Ya puedo barrer tu cuarto?- le preguntó desde la puerta.
-No mamá. Estoy jugando. No quiero que entres a mi cuarto.
Rosa Aurora se apuró a regresar a la sala. Recordó el día en que habían ido a bautizarlo. Junto a ellos, sentados en la misma banca, estaba doña Silvana Huerta, señora de 112 años, que a pesar de usar andadera, parecía tener una salud perfecta.
-No pierdan el tiempo, y resígnense- les dijo. –Ese bebé no tiene alma. Está hueco por dentro. Se le ve en sus ojos, fíjense, y fíjense en su piel, y en cómo se mueve.
Rosa Aurora y su marido lo miraron asustados, y luego se cambiaron de banca. Marcos recibió el agua bendita estado dormidito, y no despertó hasta que llegaron a la casa y lo acostaron en su cuna.


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