domingo, 5 de junio de 2011

Aprender

Sí, lo sé, sigo atravesando una etapa reflexiva que quizás se deba a que ya está próximo mi cumpleaños 32. Pensando, me di cuenta de que hay muchas cosas que uno no comprende cuando es niño o adolescente, pero de adulto cae el veinte y es entonces, sobre todo cuando somos padres, que decimos Ahora entiendo...
Dante es pequeño pero ya entró en la edad en la que ya no es sólo cuidar a los hijos, sino educarlos, enseñarles a vivir y ser buenas personas. Algo me ha quedado claro desde que mi hijo entró al preescolar: no quiero un niño excelente, no me interesa que hable 3 idiomas o que sepa las capitales de memoria; no me interesa tampoco, que sea el mejor deportista para poder presumir sus medallas con las visitas; no quiero siquiera un niño tan educado que salude de beso a todas las conocidas de manera voluntaria y espontánea. Sólo quiero un hijo feliz, capaz de disfrutar los logros y recibir con responsabilidad los fracasos, un niño que sea capaz de sentir empatía por los demás, sin que el afán de ser el mejor lo convierta en alguien frío y egoísta.
Pues bien, haré el intento como lo hizo mi madre, y haré enfadar a Dante (como en muchas ocasiones me hizo enojar mi madre). Para eso, me he dado a la tarea de recopilar las enseñanzas que más recuerdo de mi infancia y adolescencia:
1-Todos los niños, sin excepción, tienen que ser mandaderos de la familia. Respetar las jerarquías es importante: el abuelo dice: hay que comprar las tortillas. El tío mayor le dice al que sigue, y éste al que le sigue, y así, hasta llegar al menor de la familia con edad suficiente para lanzarse a la tortillería.
2-Hay cosas que no se aprenden bien si no es de niños. Nadar, andar en bici, perder, ser generosos.
3-El peor error de un padre: llevar a sus hijos a todos lados. Aprender a usar el transporte público es vital, en primer lugar, porque te ubica en la tierra, en segundo, porque a la larga será imposible dejar de ser chofer de nuestros hijos.
4-A todos nos gustaría haber vivido sin restricciones económicas, y nos gustaría darle a nuestros hijos lo que no tuvimos, pero algunos sacrificios, desde mi punto de vista, son contraproducentes. Tendrás lo que tus padres pueden darte, y no más. Dejar la mitad de la quincena en una escuela privada sólo para que el niño hable dos idiomas y reciba clases de yoga me parece más esnobismo o miedo a ser juzgados por la sociedad, que un deseo auténtico por darles lo mejor. Una humilde escuela pública puede no ser tan mala cuando es lo que se ajusta al presupuesto. 
5-Un castigo es un castigo y no hay vuelta de hoja. Recuerdo haber pasado tardes llorando por estar castigada y no poder ir a una tardeada de la secundaria, con boleto en mano, por haber sacado malas calificaciones.
Seguramente hay muchas cosas que se me han pasado esta vez y que recordaré más tarde.
Hijo mío, algún día lo entenderás.

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