miércoles, 5 de noviembre de 2008


Aunque hay muchas noticias frescas, como el secretario español caído(literalmente) o el triunfo del "cambio" en U.S.A. preferí poner un cuento que escribí hace ocho años.


RÉQUIEM PARA UN GENIO

Yo solía ser buena escritora. No es por presumir, pero mis cuentos tenían una técnica bastante cuidada, que, combinada con la fresca visión de mi joven ingenio, daba como resultado un estilo bastante bueno. Varios concursos ganados y dos libros publicados, para mi edad eran señal de un futuro literario muy prometedor.

Mis textos eran producto del placer que me causaba el simple hecho de sentarme en las escaleras de la escuela, en la cafetería o en cualquier lugar y dejar que mi imaginación fluyera. Siempre me gustaba saber que mi genio era capaz de idear maravillosas historias y a la vez hacerlas tan verosímiles que los lectores podían vivir mis experiencias ficticias.

Podía escribir sobre lo que quisiera. Tenía cuentos de temas muy diversos, incluso sobre las cosas más triviales, como un horno de microondas o un par de zapatos. Bastaba con que viera un objeto o una persona, lo hiciera parte de mi mundo interior, y mi mano comenzaba a darle vida propia, a crear historias fantásticas.

Cada vez que terminaba de escribir un texto era para mí como dar a luz: paría un cuento. Al final le daba un nombre y mi apellido, y listo, tenía un hijo nuevo.

La poesía realmente nunca se me dio. Siempre que trataba de escribir un poema terminaba creando personajes con las metáforas y acciones dentro de los versos, los cuales se iban perdiendo y al final tenía una novela corta o un cuento largo. No podía dejar de pensar en prosa.

De repente ese fácil proceso de creación empezó a convertirse en un trabajo duro. Recuerdo la primera vez que escribir dejó de ser para mí tan sencillo como lavarme los dientes. Estaba en la biblioteca. Unas horas antes, en el camión de la universidad, se me había ocurrido una historia en la que el chofer de un camión decidía raptar a los pasajeros solamente porque su mujer le había confesado que nunca quedaba satisfecha después de tener sexo con él. La narración sería en primera persona y estaría a cargo de un personaje masculino que mantendría una conversación con el chofer, convirtiéndose en una especie de confidente y de salvador de la situación.

Comúnmente, una idea así era suficiente para crear un buen cuento, así que me senté dispuesta a dejar que mi genialidad hiciera todo, como en una especie de posesión. Al final podría leer mi historia y sentirme orgullosa de ella.

Empecé a escribir.

Eran como las siete y media de la mañana cuando me disponía a tomar el autobús para ir a la oficina. El café había estado delicioso –como siempre- y tenia ganas de regresar a mi casa y quedarme todo el día con mi mujercita. Los dos meses que llevaba de casado habían sido los mejor vividos de mi existencia.

Ya en el autobús me quedé absorto en la lectura, en un artículo del periódico sobre la educación en México en el que daban una visión –muy a largo plazo- de un país alfabetizado cien por ciento.

A unas cuantas calles de mi edificio el camión dio una vuelta violentamente y se salió de la ruta. Una señora se acercó al chofer y le dijo de manera cortés que había tomado un camino equivocado.

-Tomé este camino porque se me hinchó mi regalada gana y se aguantan- le gritó el chofer.

Y ahí se acabó el relato. No pude seguir más.

Yo estaba desconcertado

No.

Yo no supe qué hacer

No.

No pude continuar con la historia. Se me fue la idea. El aire acondicionado estaba muy fuerte, seguramente, y mi sinusitis me ocasionaba un dolor de cabeza espantoso. Decidí seguir después.

En la noche llegué a mi casa y pasó lo mismo. Agarré la pluma y abrí el cuaderno en la hoja en la que había quedado mi relato. No salía nada de mi cabeza. Pensé. Tal vez la idea no era tan buena. Sería mejor olvidarla y buscar otra anécdota más interesante.

Al día siguiente escogí la cafetería para pasar la tarde escribiendo. Un refresco y un cigarro eran suficientes para relajarme. Me vino a la mente un recuerdo de mi infancia. Una vez que estaba en el parque un niño se me acercó muy nervioso y me dijo que su Action Man cobraba vida todas las mañanas cuando se alistaba para ir a la escuela. Le escondía su cepillo de dientes y le arrugaba la corbata, lo hacía perder el tiempo y su mamá lo castigaba a diario. Él no le decía nada porque su Action Man tenía secuestrado a un pitufo y amenazaba con cortarle la cabeza si el niño le contaba a alguien lo que pasaba.

La anécdota era algo tonta pero sin duda podría adaptarla y sacar algo bueno de ahí. Pero nada. Escribí dos renglones y fue todo. Algo pasó que desconectó mi cerebro de mi mano derecha. Tenía la idea pero al momento de pasarla al papel me bloqueaba. Terminé escribiendo el puro argumento, o sea, no más de diez renglones. Todo el relleno literario que hubiera hecho de la simple anécdota un buen cuento se había borrado de mi mente.

Así sucedió no sé cuántas veces más. Comenzaba historias que no podía concluir. Ya no podía darme el lujo de sentarme en cualquier lugar y simplemente escribir. No me concentraba en ningún sitio.

Decidí descansar un poco mi mente. De seguro estaba atravesando lo que llaman un bloqueo mental. Eso era. Mi creatividad pasaba por una crisis que en poco tiempo se esfumaría aclarando mis ideas. Me dediqué a leer y ver películas durante dos semanas, sin tocar mi libreta. Cada vez que terminaba de leer un libro, un montón de ideas se me venían a la cabeza. En el momento quería escribirlas, pero me daba miedo empezar y no poder terminarlas, así que me aguantaba las ganas. Necesitaba pasar esas dos semanas libre de esfuerzo creativo. Pasado ese tiempo podría escribir como antes.

El último día de mi retiro temporal vi una película muy buena. Me acosté muy contenta pensando que al otro día sería una escritora completa de nuevo. Esa noche tuve un sueño muy extraño. Me encontraba en un velorio, sin saber quién era el difunto. Tenía un rosario en la mano izquierda. Mi madre se acercaba y me abrazaba, llorando. Todos a mi alrededor se veían deshechos (obviamente, pues aquello no era una fiesta).

Pero yo no estaba llorando, ni siquiera sabía quién estaba en la caja. Me colgué el rosario en el cuello y me acerqué al ataúd. Cuando me asomé vi horrorizada que sobre los cojines blancos estaba una mano derecha. Instintivamente volteé a ver la mía, y en su lugar solo había un muñón cubierto por gasas. Grité y desperté sudando. Fue un sueño horrible.

En una revista leí que para facilitar la tarea de escribir era bueno adquirir el hábito. Así como es recomendable comer siempre a la misma hora, el tener un lugar y una hora fijos para escribir era lo mejor para que la imaginación fluyera de forma casi mecánica. Convertir ese proceso en un ritual y utilizar objetos como anclas: un escritorio, una pluma, los cigarros, etc.

Preparé mi escritorio como un refugio de guerra. Había todo lo que pudiera ocupar para no tener que levantarme más que al baño. Tenía comida en los cajones, agua, cigarros y hasta unas bolas chinas para relajarme. Música instrumental para despejar la mente y despertar la inspiración. Aunque nunca antes había tomado café, ahora tenía un termo lleno para no dormirme y junto a éste, un cenicero en forma de tortuga que seguramente me daría buena suerte.

Era el primer día de mi vida de escritora después del receso.

Antes tenía ideas y no lograba concretarlas, pero esa noche ni siquiera logré que se me ocurriera nada. Miles de cosas me venían a la cabeza pero nada era lo suficientemente claro ni interesante. Lo que sentí en ese momento fue una mezcla de frustración, coraje, desesperación y tristeza.

De eso hace ya varios meses. Noches completas encerrada en mi habitación, inundada de humo, como mi cabeza. Llorando. Con el dolor de alguien que pierde un ser querido. Mis ideas estaban todas muertas. Muchas de ellas incluso antes de nacer. Se me habían ido muriendo una por una, en mis manos, sin que yo pudiera hacer nada por salvarlas.

Probablemente esto será lo último que escriba en mi vida.

6 comentarios:

C, literalmente rubia dijo...

Este cuento me gusta mucho y lo leo a cada rato, la verdad no sé cual de todos tus cuentos me gusta más...

C. R. dijo...

Creo que es lo más autobiográfico que he escrito. Cada cierto tiempo me digo a mí misma que ya no tengo nada que escribir.

rochín dijo...

en realidad todos alguna vez hemos pensado que ya no queda nada que escribir, que pintar, etc. lo hay. este relato da un ejemplo de creación ante la ausencia de musa(rañas, ji). es un tema del cual se puede decir mucho, no? la página en blanco.

RUY dijo...

yo también creo que ya no tienes nada que escribir, (Dios ¿por qué me hiciste tan agradable?)

C. R. dijo...

pensé que al Ruy se le iba a quitar lo mamón cuando tuviera un hijo. Esperaré a que crezca para que lo ponga en su lugar.

Ev@lekim Herdez Saenz dijo...

Ola apenas lei el kuento y esta super padre al igual ke los otros ...y no digas ke no tienes ke escribir .....escribes muy bonito y pues siempre hay historias disparatadas ke kontar sean nuestras o no .....kuidate ke estes bien.....

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