sábado, 20 de febrero de 2010


Ser ama de casa no es fácil. Y miren que no soy, lo que se dice, una fanática de la limpieza. Digo, no me muero si se me junta un poco de ropa sucia o algunos trastes en la cocina. Pero mantener la casa medianamente limpia y ordenada es más complicado que escribir una novela. Yo no sé cómo le hacían las señoras de antes que con cinco, seis, o más chamacos tenían la casa clean y comida de tres tiempos deliciosa. Y sin lavadora ni aspiradora ni micro.
Por fortura y como signo de estos buenos tiempos modernos me casé con otro relajado (que tampoco se muere si encuentra un poco de polvo) que me ayuda con el quehacer y cocina, mira que si me hubiera tocado un obsesivo del orden vaya usted a saber si seguiría casada.
Pero por más que te relajes e intentes descansar es inevitable incomodarte por el desorden, agarrar la escoba y darle una pasadita que luego te lleva a una trapeadita y una sacudidita y una dobladita de ropa, etc.
Chicas, sé que ustedes me entenderán. Caballeros absténganse de intentarlo.

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