Descarga (del libro inédito "En la esquina, por favor")

miércoles, 9 de septiembre de 2009


Cuando Michelle consiguió la pistola eléctrica no se imaginó que con ella mataría a su hijastra y su vida cambiaría de manera radical.

Lucía, su vecina de enfrente, le había platicado que por lo menos tres de las casas cercanas habían sido robadas en lo que iba del año. Ni las bardas, ni las rejas, ni siquiera las alarmas habían evitado los atracos. A Marcia Oropeza le había ido bien: sólo alcanzaron a sacar dos laptops, algo de ropa, dinero y un DVD. A Marcela literalmente le vaciaron la casa. Llegaron en un camión, rompieron el cerrojo, echaron todo arriba, hasta los tapetes, y se fueron. Algunos vecinos los vieron, pero no imaginaron que a las once de la mañana robarían con tanta desfachatez.

La casa de Michelle olía a nueva. Desde el refrigerador hasta las sábanas se desempacaron apenas seis meses antes. Escogió un mobiliario moderno, casi minimalista, en colores blanco y chocolate. Encargó los cuadros a una pintora francesa que conoció por casualidad. Tenía una cocina enorme y una sala con chimenea, tres recámaras y estudio, cuarto de lavado y una pequeña alberca al fondo del jardín. Su vida era casi perfecta, pero como Michelle siempre se decía frente al espejo, nunca es demasiada felicidad, todo puede mejorar. Y ese era su objetivo desde que estaba en la secundaria: estar cada vez mejor. Por eso, pensar en que alguien robara en su hogar le daba coraje, y le preocupaba sobremanera que incluso pudieran ser tan osados para atreverse a robarlos estando ella dentro.

Su hijastra era único lazo entre Rodolfo y su exesposa, y qué clase de lazo. Eran idénticas: castañas y extremadamente delgadas para gusto de Michelle, que se enorgullecía de sus curvas exuberantes. Hasta el nombre las unía: Julissa y Julia, la pequeña Juli, la niña de tres años más adorable del mundo. No tanto para Michelle. De hecho, le parecía insoportable, desobediente y caprichosa, y evitaba cualquier contacto con ella, por lo menos cuando estaban a solas, porque frente a Rodolfo la trataba con cariño y mimos. Sabía que eso lo hacía feliz, y no sólo por tratarse de su hija, sino porque le daba esperanzas de que algún día Michelle cambiara de opinión y dejara de negarse a darle un hijo. Las pocas ganas de ser madre se desvanecían cada vez que les tocaba cuidar a la niña, lo cual sucedía con frecuencia, porque desde el divorcio Julissa tenía una depresión a tal grado que requería internarse por temporadas. Cuando salían de paseo se notaba que Michelle, morena y de cabello lacio, negrísimo, no era la madre de aquella niña tan distinta.

Últimamente las cosas se habían puesto un poco tensas. El abogado de Rodolfo decía que lo más probable era que Julissa ganara el juicio de custodia ahora que estaba en terapia. La cuestión preocupaba a Rodolfo, porque sin duda quería que su hija viviera con él, pero todavía más a Michelle, en vista de que eso significaba que tendría que compartir el dinero de su marido con la exmujer mientras la niña estudiara, previo acuerdo matrimonial

–Este es un taser. Es un arma que avienta descargas e inmovilizas a cualquier fulano que se quiera pasar de listo contigo o te quiera asaltar. Ahora que fui a San Diego de compras me lo recomendaron mucho. Es buenísimo. Yo compré varios para mí.- le dijo Lucía a Michelle, que sacó el aparatito, agradecida pero un poco desconcertada. ¿En realidad era necesario andar armada? No estaba segura, pero más tarde, en su habitación, lo sacó de la caja y echó un rápido vistazo al instructivo, suficiente para saber a grandes rasgos cómo se usaba. Lo que le interesaba era en dónde debía llevarlo. Primero pensó en lo más lógico: la bolsa, pero la idea se volvió la más ilógica: si le arrebataban la bolsa se llevarían la única esperanza de defensa. Probó ponérsela en el brassier. Se sintió como una espía de James Bond, y frente al espejo intentó guardarlo y después sacarlo, cada vez más rápido. En el pasillo, Juli le gritaba que quería hacer pipí y que no podía desabotonar su overol. Michelle la ignoraba y seguía haciendo poses, simulando disparar una descarga.

La niña no aguantaba y entró al cuarto con pasos cortos y las manitas entre las piernas, y Michelle sólo torció los ojos hacia el techo y fingió no verla. La niña no aguantó y dejó salir un chorro que rápidamente hizo un charco en el piso de madera, recién pulido.-¡Eres una puerca! ¡Mira lo que hiciste, cochina!- la jaloneó del brazo, sin percatarse de que aún traía en la mano el taser, y de que presionaba el botón de descarga.

La niña cayó al suelo, y Michelle alcanzó a sentir la electricidad. Por instinto brincó a la cama, alejándose del charco, e hincada, observó a Julia, que no se movía. Juli, Julia, despierta, le decía, pero la niña no respondía, tenía los ojos entreabiertos y de la boca le salía una baba espesa, espumosa.

Juli, Julita, contesta, le volvió a decir, y la empujó con un gancho para ropa que tenía a la mano, pero nada. Michelle bajó de la cama y la levantó. Estaba muerta. Lo único que atinó a hacer ante el pánico, fue ir a la cocina por un trapeador y aventó el taser en una alacena. Luego se dio cuenta de que tenía una niña muerta en su cuarto: peor: tenía a la hija de su esposo muerta por ella sobre la cama, y Rodolfo llegaría a las siete, en menos de una hora.

El bagaje cinematográfico de Michelle sólo la asustó más cuando quiso pensar en una forma de salir del terrible problema en el que se había metido. Lo más terrible fue que había sido totalmente accidental. Por más que aborreciera a la niña, jamás se le habría ocurrido lastimarla. Pero eso a Rodolfo y a la policía no les importaría e iban a acusarla de asesinato. No iba a entregarse: necesitaba deshacerse del cuerpo, una solución tan complicada como el problema, y agravado por la premura del tiempo. Secó el piso con una toalla, y con la misma envolvió a Julia. Era tan pequeña y delgada, que apenas si hacía un bulto. Su refrigerador de última generación tenía un congelador espacioso en la parte de abajo. Sólo tenía una bolsa de verdura y sándwiches de helado, que dejó en el lavatrastes. Sacó la rejilla y metió a Julia, que cupo perfectamente.

Subió a la habitación a darse una manita de gato para que su esposo la encontrara radiante, como siempre, pero la espera se prolongó hasta las diez. A esa hora Michelle ya no estaba tan afectada por la tragedia, era el retraso lo que la tenía molesta. Era la segunda vez en la semana que Rodolfo llegaba tarde sin avisarle.

-Y eso- le dijo Rodolfo, señalando las verduras congeladas.

-Voy a decirle a la muchacha que no cocine más porque pienso dedicarme a cocinar para mi hombre- respondió Michelle y se acercó, coqueta.

-Y lo otro- dijo, señalando los helados.

-Es que traigo un antojo que no te imaginas- abrió uno, y lo mordió tan sugestivamente, que a Rodolfo no se le ocurrió otra cosa que llevarla a su habitación.

Antes de dormir, le preguntó cómo se había portado Juli.

-Bien. Estuvo bien, pero tengo que decirte algo que a lo mejor te molesta. Vino su mamá por ella.

-¿Julissa estuvo aquí? ¿A qué hora?

-Y… no sé… como a las seis y media o siete. Se veía bien, y dijo que se la llevaba de viaje, creo que van a ir a ver a no sé qué pariente en Monterrey.

-Ah. A su tía Olimpia, seguro. Me alegro por ellas. A dormir.

La mañana siguiente no empezó como a Michelle le hubiera gustado. Rodolfo se fue muy temprano porque tenía cita con su abogado para desayunar. Ni siquiera le había dicho si regresaría a comer o si la vería hasta la cena. Quería saber cuánto tiempo tendría para deshacerse del cuerpo. Ese era un gran problema. Sabía que no podía tenerla para siempre en el congelador, pero no iba a enterrarla o algo así. Podía echarla en un bolso grande y tirarla en algún depósito de basura, pero le daba pavor que la vieran y alguien pudiera decir cualquier cosa si descubrían el cadáver. Se decidió por arriesgarse a esperar a que pasara la basura al día siguiente. Nada tenía que buscar Rodolfo en el congelador. Por la mañana la metería en una maleta y directa al bote de la basura. Se sentía culpable y le remordía la conciencia: había matado a una niña. Aún así, todo había sido un accidente, y no iba a perder su matrimonio por algo que ella no había ocasionado.

Después del gimnasio se dio una vuelta por el centro comercial. Pensaba en la manera de contrarrestar el terrible dolor que iba a sufrir su esposo. Se detuvo ante una tienda que le dio la respuesta, sencilla e infalible: era hora de embarazarse. Vio los vestidos en las maniquíes con barriguitas, y se visualizó. Se vería bien si se cuidaba suficiente de no engordar. Tal vez en un año las cosas estarían más tranquilas, por lo pronto, tenía que darle un hijo a Rodolfo para asegurar la relación.

Rodolfo no llegó a comer pero la llamó para avisarle que cenaría con ella, así que Michelle tuvo tiempo de encargar servicio a domicilio de su restaurante favorito, poner la mesa, descorchar una botella de tinto y beber una copa, para relajarse. Rodolfo llegó cuando ella ya estaba un poco mareada, y Michelle no supo si fue por eso que lo notó algo distante mientras cenaban.

Sonó el teléfono y Michelle se levantó, pronta a contestar, pero Rodolfo la detuvo y le dijo que la llamada era para él, y que la tomaría en el estudio. Ella se sintió ofendida: no había sido suficiente con haberla ignorado después de una cena tan deliciosa, ahora hablaba por teléfono a escondidas. ¿Con quién? Nunca había importado cuan privadas fueran las conversaciones, Michelle siempre podía estar presente. Desde el comedor alcanzaba a escuchar la voz de Rodolfo, pero no entendía nada y se alarmó cuando aquella empezó a subir de todo, casi hasta los gritos.

Alterado, y sin comentarle nada, fue a la cocina a servirse un poco de whiskey. Presionó el vaso contra el dispensador de hielo del refrigerador pero estaba vacío. Abrió la puerta del congelador y encontró un bulto rosado, que resbaló hacia el piso. Medio envuelta, y con la piel morada, estaba su pequeña, tiesa.

El alarido que Michelle escuchó la hizo temblar. Sabía que estaba perdida, y dudó en huir o tratar de explicar lo ocurrido. Entró en la cocina y Rodolfo lloraba, abrazado al cadáver. ¡Qué le pasó! ¡Qué le hiciste a mi niña! –gritó- y la agarró del cuello. Michelle jaló una jarra de agua que tenía a la mano y se lo lanzó a la cabeza. El cristal se rompió en su frente y Rodolfo la soltó. Corrió a la alacena para sacar el taser, pero él la siguió y se lo arrebató. En medio de un forcejeo, Michelle sintió un piquete en la pierna y luego una corriente que le subió hasta la cadera. Se retorció de dolor mientras Rodolfo se cubría la frente con la mano, intentando detener la sangre que escurría. Michelle se levantó y recibió otra descarga, esta vez en el abdomen, que la tiró al piso y la dejó sin movimiento unos minutos.

Rodolfo subió a Julia a la barra de la cocina y volvió a abrazarla. Mareado y llorando, llamó a la policía. Mi hija está muerta –sollozó- está muerta –volvió a decir, y no pudo hablar más. El pequeño cuerpo empezaba a descongelarse y su bracito izquierdo colgaba ya, despegado del cuerpo. Michelle aprovechó el descuido para tomar el taser que estaba en el fregadero, y se aventó, cojeando, sobre Rodolfo. Se colgó de su espalda, le dio una descarga en la nuca, y nuevamente, por obra del destino, el agua hizo su parte.

Sintió caer el cuerpo de su esposo sobre ella, más pesado que nunca. Quería quitárselo de encima pero sus piernas no tenían fuerza suficiente. El timbre sonó una, dos veces y una tercera. Michelle gritó con todas sus fuerzas, jalando el aire que pudo, aún con los ochenta kilos que tenía sobre el pecho. Escuchó un golpe y ruido metálico, y luego entraron dos policías, que al ver la escena, corrieron a ayudarla.

La sala de la comandancia tenía una hilera de sillas azules ocupadas todas por gente que se notaba a leguas que tenía problemas. En ese momento, nadie habría pensado que Michelle era la esposa (ahora viuda) de un importante arquitecto, más bien parecía, por la ropa rasgada y las manchas de sangre, alguna mujer de la calle que había salido mal librada de una riña. Los paramédicos la atendieron en el camino, tenía golpes en varias partes pero lo que más le dolía eran la pierna y el abdomen, los blancos del taser. Aún con los analgésicos sentía un dolor que le penetraba en los huesos. Pero lo físico no la angustiaba tanto como la preocupación. Hasta ese momento nadie le había preguntado nada sobre lo ocurrido y llevaba esperando mucho tiempo, incluso pudo dormir un par de horas con la cabeza recargada en la pared.

Fue cuando ya había amanecido que la pasaron a otra sala, tan sucia como la primera, pero mucho más pequeña. Una señora con un saco, falda y zapatos de punta cuadrada jaló una silla y se acomodó frente a ella. Era la abogada comisionada por la oficina de protección a la mujer. -Quiero que me platiques lo que pasó, pero ahorita que nos traigan un café- le dijo, y se quedó viéndola fijamente -tal vez examinándola- hasta que una policía entró con dos vasos.

Bebió unos sorbos y le tomó la mano. Michelle se sintió incómoda ante la aproximación. - Sabemos que tu esposo aseguró a su hija y que su exesposa acababa de ganarle el juicio de custodia y recibiría la pensión. Lo que queremos saber es si tú estabas enterada de su plan.

Michelle preguntó si podía beber café y aprovechó para digerir lo que había escuchado. No la culpaban a ella. Rodolfo tenía un motivo para matar a su hija, y ahora sólo era sospechosa de haber participado en el asesinato.

-Yo no sabía nada- dijo Michelle y tomó la servilleta que le dieron con el café. Su cara se volvió entonces (con toda la intención) la de una mujer sufrida e indefensa. -Como si fuera a decirme algo. ¿Sabe? Yo me casé muy enamorada, fue el primer hombre en mi vida. Pero la ilusión me duró poco. Todo el tiempo estaba quejándose de su ex y de la niña. Tanto, que estaba ocasionando problemas en nuestro matrimonio. Pero no era lo único. Llegaba tarde, casi no me hacía caso. No quería aceptarlo, pero creo que ya tenía otra, le gustan las mujeres bellas y muy jóvenes, le gusta lo nuevo. Cuando se aburrió de Julissa se casó conmigo, si se aburría de mí me cambiaría por otra. Él iba a dejarme.

Michelle salió de la comandancia después de seis horas más. Una patrulla la llevó a casa de su madre, porque en la suya estaban haciendo averiguaciones. Acostada en su cama de la adolescencia, se sintió protegida, y por un momento pensó que pudo haber vivido más tiempo ahí, por lo menos hasta los veinte años, haber estado con su madre y no preocuparse tanto por conseguirse un marido rico. Al despertar recordó el motivo que la hizo aborrecer esa vida: los gallos cantando en la madrugada, el calor que el ventilador no le había quitado, los muebles viejos, su madre, el abuelo que ya casi no caminaba. Odiaba ser pobre, odiaba vivir como pobre. Por primera vez en mucho tiempo, lloró. Lloró hasta que escuchó que le gritaban que había alguien en la puerta, esperándola. Era Carmina, la trabajadora social, que llevaba puesto un traje igual al que usó el día anterior pero de otro color.

Michelle le pidió que la acompañara a su casa a recoger un poco de ropa, porque, según ella (y su expresión de honda tristeza lo confirmaba), le daba pánico entrar en aquel lugar en el que había muerto esa niña inocente y donde casi muere ella también. Pero al estar ahí y ver cómo la policía había removido toda la escena del crimen, su tristeza desembocó en un mar, que digo mar, una tormenta de llanto, al pensar que ese fue su hogar y ya no lo sería más. Pero Carmina, tomando su papel de auxiliadora muy en serio, le aseguró que todo estaría bien, y tomándole la mano, le prometió ayudarla para que pudiera conservar lo que le pertenecía. Era una víctima más de los hombres, no merecía seguir sufriendo.

Como si fueran conocidas de toda la vida, tomaron café en el centro y luego Michelle regresó a casa de su madre, ahí Carmina volvió a tomarle la mano, esta vez con más ternura, y reiteró la promesa de solucionar sacarla del infierno que estaba pasando.

El despacho del abogado estaba decorado como si fuera una selva, con colores de tierra y cuadros de animales salvajes en cada una de las paredes. Michelle se había esmerado en su arreglo personal esa tarde para causar la mejor impresión. Carmina hablaba en el privado con el abogado antes de hacerla pasar, y Michelle confiaba en que todos los años que su trabajadora social tenía de experiencia, sumados al “especial afecto” que le había tomado, servirían para conseguir la casa y una buena suma de dinero. Pero la abogada salió con una cara tan larga que Michelle, sin hacer preguntas siquiera, salió detrás de ella y subió al auto.

-Tu esposo habló con su abogado un día antes de que lo arrestaran. Cambió su testamento y todo lo que había a tu nombre lo puso a nombre de su exesposa. De hecho, dio órdenes de que por ningún motivo, después de su muerte, te otorgaran ninguno de sus bienes. Como se casaron por bienes separados y no tuvieron hijos, legalmente nada es tuyo. Tenías razón: ya planeaba dejarte. Pero vamos a conseguir una indemnización por el tiempo que estuvieron juntos. Esa casa va a ser tuya, mi niña, no llores.

Michelle lloraba por la casa y porque en realidad jamás sospechó que Rodolfo quisiera separase.

Su madre se veía verdaderamente feliz de tenerla con ella. Cocinó tamales para la cena, y Michelle los disfrutó hasta que llamaron a la puerta. Eran dos policías que la agarraron del brazo y la subieron a una patrulla. Mirando por la ventana a su madre que los seguía gritando por la calle, escuchó que le dijeron sus derechos, o eso le pareció porque en su mente sólo trataba de pensar qué había podido pasar, por qué las cosas habían cambiado en su contra.

Cuando llegaron a la comandancia le volvieron a leer sus derechos, le quitaron sus alhajas y la esposaron.

Rodolfo sí la engañaba, pero no con otra más joven, sino con Julissa. Unos meses atrás, cuando había empezado con las crisis depresivas, comenzó a visitarla. Al ver su mejoría y darse cuenta de que le hacía mucha falta, sus visitas se hicieron más frecuentes. Convivieron sin compromisos y revivió el amor que habían perdido. Se veían por las tardes, tres o cuatro veces por semana. A veces aprovechaban que Michelle cuidaba a la niña para ir a un hotel y estar solos. De hecho mientras Julia moría electrocutada, Rodolfo y Julia se relajaban en la alberca de su motel preferido. Por eso, cuando Michelle le dijo que Julissa se había llevado a la niña, sospechó lo peor: un secuestro, una extorsión. Probablemente la tendría en casa de su mamá, a donde nunca había ido por órdenes estrictas de Michelle y de la cual no conocía la dirección. Le avisó a Julissa, y le rogó que no hiciera nada hasta que él arreglara algunos asuntos legales. Al morir Rodolfo, Julissa habló sobre el secuestro con el abogado, Luego, una bienintencionada intervención de Lucía, la vecina, que les contó de dónde había salido el teaser.

Michelle, culpable, recibió una última vez la visita de Carmina en el CERESO, quien, con la mano sobre su mejilla, le prometió ayudarla cuando saliera, en unos quince o diez años.

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