miércoles, 2 de septiembre de 2009

En la esquina

…por favor

(del libro inédito del mismo título)

Para Martha las cosas nunca fueron fáciles, pero su mamá le enseñó a enfrentar la vida con una sonrisa y pan dulce. Por aquello de las dudas, esa mañana se comió dos: una concha y una dona de chocolate, aprovechando que por error Luz y Saúl habían pasado a la panadería por separado y habían llevado doble ración familiar.

Tomó el pesero, como siempre, a las seis para alcanzar a llegar a las siete, antes de que le cerraran la puerta de la secundaria. Todavía no salía el sol pero ya estaba sudando, sobre todo cuando bajó del pesero y caminaba las cuadras que le faltaban para la escuela.

Se sentía incómoda. Más que nunca. Por lo regular llevaba zapatos con calcetas altas, casi hasta la rodilla, pero como un día antes había sido su cumpleaños y le compraron un par de tenis nuevos, se había animado a estrenarlos con el jumper del uniforme, así que la cortísima falda que había sido de su hermana Cristi ahora se veía aún más corta con los tenis y calcetines.

Una calle antes de llegar, afuera de la papelería que aún estaba cerrada, un hombre le preguntó la hora. Martha no quiso acercarse porque la sombra le impedía verle la cara, así que apretó el paso, pero volteó cuando aquel le grito ¡Hey, se te cayó algo! Entonces lo vio parado con la camiseta levantada y los pantalones desabrochados, sonriéndole.

Martha salió corriendo y no paró hasta que estuvo sentada en su pupitre. Cuando tuvo oportunidad les contó a Jéssica y Yadira lo que le había pasado. Las amigas no aguantaban la risa, y entre morbosas y apenadas, le preguntaban detalles que Martha no podía contestar por vergüenza.

-¿Y estaba muy feo, el viejo?-preguntó Yadira, mordiendo la manga de la sudadera.

-Pues la neta ni estaba viejo ni feo. Era un señor, pero joven, y estaba güerito. Aquello no se lo vi. Cuando volteé y me di cuenta de que tenía el cierre abajo, di la vuelta y corrí porque me dio miedo que me hiciera algo. Pero no, se quedó paradote y quién sabe si lo vio alguien más.

En casa no comentó nada. Quién sabe qué haría su padre si se enteraba. Era capaz de mandar a su hermano Roberto a acompañarla diario, y él lo iba a hacer de mala gana y se desquitaría con ella. La última vez que su papá lo mandó a recogerla a una fiesta le había dicho que con el vestido que llevaba se parecía a “chachita”, la de “nosotros los pobres”.

La hora de la comida era ideal para convivir sin tener que decir una palabra. Así es casi siempre en las familias grandes. La mesa puesta para once personas: su papá en el lugar principal; a un lado sus hermanos Roberto, Saúl y Martín con su esposa Vicky; enfrente sus hermanas Rosy, Cristina, Luz y el pequeño Jesús, Chuchín. Su madre va y viene de la cocina con platos, tortillas calientes y salsas caseras y no se sienta más de dos minutos seguidos.

Si la hora de comer es ruidosa, la de ir a la cama es peor. La casa en la que vive tiene tres recámaras en la que se reparten todos. Sólo Martín y su esposa duermen en la sala porque no pueden dormir juntos en la recámara de chicos ni en la de chicas. Por esa falta de privacidad, Martha tiene que escribir su diario en el techo de su casa, en donde la molesta el perro pero por lo menos no le pregunta qué escribe ni la interrumpe a cada rato. Martha desea una computadora. La desea con todas sus fuerzas. Hay una en su casa pero es para los trabajos de la escuela de todos y para ella nunca está libre. Quiere escribir su diario y guardarlo en un archivo privado porque sabe que su cuadernito lo va a encontrar alguien en algún momento y entonces se le acabará la vida.

Escribe sobre lo que vio en la mañana, con la cabeza más despejada. Trata de entender pero se confunde. ¿Para qué querría alguien enseñar sus partes a una chica desconocida? ¿Se sentirá tan guapo que quiere presumirlo? ¿Pretendía hacerle algo y no le dio tiempo? Cierto era que el hombre no estaba feo. De hecho era atractivo. Qué bueno que no alcanzó a verlo bien de la cintura para abajo. O qué malo. Tal vez le hubiera gustado mirar. Nunca había visto a un hombre desnudo, por lo menos no en persona, sólo en dibujos.

De repente le entra la idea de borrar lo escrito o romper la hoja, pero confía en que ni Chuchín lo buscaría detrás del tinaco.

Salió al día siguiente a la misma hora y de nuevo llevaba los tenis. Antes se miró largo rato en el espejo y notó que se le veían bonitas las piernas con calcetas bajas. ¿Y si a ese hombre le gustó por las piernas? Si lo volvía a ver… ¿sería posible que hiciera lo mismo?

Se peinó las cejas con los dedos y un poco de saliva en cuanto bajó del pesero. Pasó por la papelería pero no había nadie allí.

Martha quiere ser escritora pero por lo pronto está en secretariado, entró en ese taller porque planea aprender a teclear muy rápido para cuando tenga su propia computadora. Pero ni de broma piensa ser secretaria. Su hermana Rosy hizo la carrera comercial y es muy buena en su trabajo, pero se la pasa quejándose del Ingeniero Salvador Rochín, su jefe, al que tiene que nombrar siempre con el cargo y el nombre completo, y soportar su aliento de cadáver todas las mañanas. Ella va a estudiar algo relacionado con la literatura y será famosa como J.K. Rowling; rentará un departamento para ella sola y no tiene planeado casarse hasta que esté muy grande, tal vez a los treinta. Mientras va a tener muchos novios y galanes, y si no encuentra a alguno que la convenza entonces se quedará soltera por siempre para gozar la vida.

Martha se acuesta en la “cama” que tiende en el piso todas las noches y levanta por las mañanas, y cierra los ojos aunque no tiene sueño. Puede pensar en cualquiera de los niños que le gustan de la escuela, pero le viene a la mente la imagen del exhibicionista, imagen que no se le ha borrado desde varios días atrás. No quería aceptarlo pero tiene ganas de verlo, de pedirle que platiquen en algún lugar. Que si le gusta tanto mostrar sus partes, está bien, ella puede observarlo, pero quiere ver su cuerpo completo. Si regresara a la papelería le diría que se desnudara para ella ya que parecía estar tan cómodo exponiéndose. En el mejor de los casos, también quisiera verla desnuda, y tal vez, Martha podría mostrarle su cuerpo como le había mostrado sus piernas aquel día. El caso era encontrarlo de nuevo.

Cuando le llega el sueño ya no puede dormir porque Cristina y Luz no dejan de platicar aunque se los pide de buena manera y luego con groserías.

A Martha le parece que las mañanas son mejores con un vaso de leche fría con café y un pan de dulce, y también cree, cada día, que será el día en que se lo tope de camino a la escuela, y cada vez, cuando faltan una o dos calles para pedir la bajada del pesero, saca su espejito y su brillo de labios, por si las dudas.

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