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Tres meses con rastas y ya. No pude más.
1.- Si me lavaba diario el pelo hubiera tenido que pasar todas las tardes arreglándomelo con un ganchillo.
2.- Así que la única opción viable: no lavarlo seguido. Pues sí, suena sencillo, pero qué asco. Respeto a la palomilla que trae rastas, pero a mí me salió caspa, me picaba la cabeza, extrañaba el exquisito olor a mousse en mi cabello...
3.- Según yo, en un arranque de "dejaré la banalidad de los eternos cuidados del cabello, los tintes, alaciados y productos" decidí adquirir la melena del león, pero salió al revés: más cuidados, más tiempo invertido en mi cabeza, pero con la sensación desagradable de la mugre.
4.- A los que llevan rastas: mi más grande admiración.
5.- Tan doloroso y tardado fue el proceso de hacerlas como el de deshacerlas. Dos lavadas en un día, con bastante acondicionador, corte de las puntas de las rastas (que pon fin estaban cerrándose) y ¡A desenredar! Lo más complicado: las de la nuca, que ya estaban bastante revueltas, a pesar de los cuidados.
6.- Cuatro días después, con la mitad del cabello que llevaba a cuestas (normalmente perdemos 100 cabellos al día, que se van en el baño o con el cepillado, 100 diarios que se quedan en las rastas, echen cuentas) ya no tenía rastas.
7.- A pesar de todo, y con un tratamiento milagroso: aguacate y aceite de coco 30 minutos antes de bañarme (no falla), el cabello me quedó bastante bien, sólo se aclaró, cosa que con un tinte se soluciona.
8.- Perdonad este lapsus de vanidad.

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