Eva sin Adán

viernes, 26 de octubre de 2007


I

Odiaba los días casi tanto como las noches en las que, tendida boca arriba sobre la hierba, admiraba la luna y hasta la envidiaba un poco: tan serena, tan lejana, inalcanzable, aún para Adán. Pero escuchaba los pasos en la hojarasca y se ponía de lado, fingiendo dormir, se echaba los cabellos a la cara y apretaba puños y dientes al sentir la mano tosca en la espalda.
El no era igual a ella. No era hermoso como ella. Él rompía las cosas. La barba picaba en las mejillas a cada beso. Olía agrio cuando el sol quemaba. Pesaba como una roca. Hacía ruido cuando dormía.
La primera vez que lo vio se ilusionó con la idea de vivir con él. Serían uno mismo. Eso decía la voz. No notó en ese primer momento que la voz también era de hombre.

II

Estuvo practicando. Lo hacía durante el día, a escondidas. Tenía que llegar a la perfección, luego, encontrar al animal adecuado. Primero pensó en los simios, pero eran demasiado amistosos. El lemur no tenía credibilidad. Al fin encontró al indicado.
A la sombra del árbol prohibido, la serpiente fue testigo mudo de la desobediencia de Adán. Mientras la voz gritaba desde los cielos en tormenta, Eva sonreía para sus adentros, orgullosa de su talentoso acto de ventriloquismo.

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