lunes, 20 de agosto de 2007


Por fin una buena tarde vi cristalizado uno de mis más grandes deseos en la vida: hacerme rastas, o dreadlocks, como se llaman. Pues bien, después de la frieguita de hacérmelas me vi en el espejo y una lágrima de felicidad rodó por mi mejilla. No sabía que mi vida cambiaría sólo por un peinado, pero así fue. Fui con mi marido e hijo a la plaza, a ese templo consumista al que uno tiene que ir para poder ir al cine y divertir a los niños sin pasar calores, y no pude evitar sentirme extraña. De por sí, evito acudir a ese lugar a menos que esté muy, muy aburrida. El caso fue que la gente me veía como si tuviera lepra, como si les diera miedo que me diera un ataque o peor aún, como si me fuera a acercar a venderles algo. En fin. Me acostumbraré.

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