jueves, 5 de julio de 2007

Mariana García. (Cuento)

Cuento extraído del libro Cuando todo esto acabe, editado en 2005 por el ISC.

MARIANA GARCÍA

Me llamo Mariana García. Nací en Puebla en 1972. Mi vida no es tan interesante como a mí me hubiera gustado, pero no me puedo quejar. Mi padre murió cuando yo tenía siete años. Casi no lo conocí.
Mi madre y yo fuimos durante un año, diariamente, a visitarlo al hospital. No sé exactamente qué tenía, pero tosía mucho, por lo que yo tenía que llevar puesto un cubrebocas desde que llegaba a la habitación, a la salida de la escuela, hasta que me quedaba dormida en el silloncito del cuarto.
Lo recuerdo todo muy bien. Mi padre recostado, con el antebrazo conectado a una manguera y su mano estirada hacia mí, llamándome, moribundo, y yo en la puerta. Me pedía que lo abrazara; tosía y yo sentía que me asfixiaba con el cubrebocas. Escuchaba mi propia respiración, me mareaba, mi padre quería abrazarme y yo me quedaba en la puerta, asfixiándome.
No me he casado todavía, de hecho jamás he tenido una relación estable. Mi psicóloga dice que la enfermedad y muerte de mi padre marcaron mi vida afectiva y que evito establecer una relación seria por temor a perder a la persona amada. No creo tener miedo, tal vez sólo soy un poco insegura. Estoy en espera de alguien que me ame y me acepte como soy. Mi madre era hermosa, mi padre también era muy guapo. Creo que yo también lo era cuando niña. Entrando en la secundaria yo empecé a alimentarme mal, porque Mamá trabajaba todo el día, esto me ocasionó, entre otras cosas, un acné horrible. Ahora ya se me quitó, pero me quedaron las marcas. Antes era bonita, ahora no.
La enfermedad de mi padre lo hacía toser y vomitar sangre de vez en cuando, así que por lo regular había manchas en el piso y en su bata. La habitación olía a carnicería, a vísceras de res. Un día el doctor de la familia consiguió un mejor empleo y tuvieron que poner un sustituto, que le recetó unas pastillas equivocadas a mi padre y le hicieron daño. La mitad izquierda de su cara se torció y se llenó de ronchas en todo el cuerpo. Como le daban comezón se rascaba hasta que le reventaban, entonces el cuarto olía a sangre y a pus, a pesar de que yo traía el cubrebocas. Mi padre tosía, tenía pus en todo el cuerpo, sólo quería abrazarme y yo me quedaba en la puerta, asfixiándome y con ganas de vomitar.

Todo eso es mentira. Yo soy Mariana García, y sí, nací en 1972, y sí, soy de Puebla. También es cierto que murió mi padre, pero a mí no me dejó traumada, ni me hizo falta nunca, ni me importa mucho si ya no está. Yo siempre le valí madre. Mi mamá y yo le valimos madre siempre. Tenía otra vieja y muchos hijos, incluso tenía uno de mi misma edad. Todos lo visitaban en el hospital.
Mi papá tenía tuberculosis, así que la enfermera me hacía ponerme el cubrebocas y eso me cagaba, pero no me lo quitaba, en parte porque me daba asco el olor a sangre y en parte porque me daba vergüenza que me vieran y dijeran en voz baja, esa es la hija ilegítima del señor de la cama 37-b. Yo sé que hablaban de mí. En algunas ocasiones encontré a las enfermeras chismeando y diciendo que si de qué clase sería mi mamá, y que yo era la “bastardita del tuberculoso”. Por eso no me importa mucho que se haya muerto. Prefiero que digan que soy la hija del muerto.
Mi mamá no lo podía ir a ver. Su esposa había aceptado que yo lo visitara, pero se le hacía de muy mal gusto que fuera mi madre también. La esposa de Papá envidiaba horriblemente a mamá, porque a pesar de que la señora era muy elegante y guapa, estaba vieja, y mi mamá era hermosa, rubia, alta, de piernas largas y de una sonrisa que volvía loca a todos los hombres, como volvió loco a mi Papá. Así que ella me mandaba al hospital para que le llevara galletas y le dijera que lo extrañaba.
Al morir mi Papá nos quedamos más pobres y mi mamá se hizo alcohólica. Yo también lo soy, pero tengo un año de estar sobria. Trabajo en un supermercado para mantener a mis niñas. Su padre se largó con una puta cajera de banco, pero estoy mejor sin él.


A pesar de que la fecha y el lugar de nacimiento son los mismos, yo creo que hay un grave error. Yo soy Mariana García. Estoy felizmente casada y tengo tres hijos. vivo con ellos en una casa grande cerca de la playa. Mi padre, que murió de enfisema pulmonar, no era mi padre realmente. Eso, hasta la fecha, jamás me ha impedido verlo como tal.
Mi Mamá era hermosa, rubia como Marilyn Monroe. Estudiaba su segundo año en la universidad y todos estaban enamorados de ella, pero ella estaba perdidamente enamorada de su maestro de inglés, un gringo treintón, sin dinero, pero con mucha personalidad y mucho verbo.
Pues resulta que una de las veces que salió con él, quedó embarazada. El gringo le dijo que la podía exentar, pero que no podía ayudarla con su problemita. Cómo sufrió mi mamá.

Alberto (el que murió en el hospital) se sentaba atrás de ella en el salón y la veía llorar. Le escribía poemas en secreto y se los dejaba debajo de los cuadernos, sin firmar.
Una tarde mi mamá llegó a su casa y vio muchas flores y una manta que decía te amo Marilyn. Mamá supo luego luego que había sido Alberto, porque era el único que le decía así. No tomó mucho tiempo para que mamá se enamorara de él, porque era un hombre maravilloso. Seis meses después se casaron. Después él enfermó de cáncer en los pulmones y murió, a pesar de que jamás fumó.

Es gracioso ver cómo las vidas pueden llegar a parecerse tanto. No digo que todo lo anterior sea mentira, sino que la mía es una versión diferente.
A los siete años yo era una niña muy feliz, mi padres se adoraban, eran la pareja perfecta. Sólo me tenían a mí porque creían que a una sola niña podían darle una mejor vida.
Mi padre era marino, era alto, fuerte. Siempre que llegaba a casa me cargaba y me raspaba las mejillas con su barba. Tal vez porque era pequeña, pero me parecía el hombre más grande y fuerte de todo el mundo.
Viajando por Asia contrajo un virus mortal. Lo internaron en el hospital y los médicos se volvieron locos tratando de saber qué era lo que hacía que mi padre estuviera muriendo y buscando una cura para esa enfermedad apenas conocida. No sabían que la ocasionaba, ni cual era el remedio. Sabían de ella porque eran cinco los marinos que la habían contraído en diez años.
Tosía mucho y escupía sangre. Le brotaron erupciones en la piel y las plantas de los pies se le pusieron moradas. Nosotras lo íbamos a visitar todos los días y teníamos que ponernos un cubrebocas, cosa que yo odiaba. Cuando mi mamá salía yo aprovechaba para quitármelo y platicar con él, abrazarlo.
Los doctores sólo esperaban que mi padre muriera. Primero le dieron un mes, luego cinco, pero mi papá no se moría, ni mejoraba ni empeoraba. Así estuvo un año, para asombro de los doctores. Los otro cuatro enfermos habían muerto en un mes. Pero mi papá no iba a morir tan fácilmente, era muy fuerte.
Una mañana mi padre amaneció con los pies normales, al otro ya no tenía erupciones y al otro ni siquiera tosía. Milagrosamente se había curado. Había dos posibles razones: que el virus no fuera el mismo que habían contraído los otros marinos, o que la excelente condición física de papá había logrado neutralizarlo.
La primera noche que él durmió en casa, luego de un año en el hospital, empecé a toser. No dio tiempo a que me brotaran las erupciones, pero mi piel se puso negra desde las plantas de los pies hasta las rodillas. Me llamo Mariana García y nunca tuve la suerte, ni la condición física de mi padre, que era marino.
Cecilia Rojas

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