martes, 22 de mayo de 2007


EL ORO

Cuando Aurora se vio en el espejo la agarró un temblor en las piernas que no la soltó hasta el día de su muerte. -Aurora, salte ya de ahí. Aurora, no seas malita, no voy a aguantar.- se escuchaba del otro lado de la puerta. Al abrir se encontró de frente con las caras de Etelvina y Carlota, quienes no se atrevieron a decir nada al ver los ojos hinchados y la nariz encarnada de Aurora.
- No puedes bajar así- le dijo Etel, mientras le alcanzaba un pañuelo para que secara sus lágrimas.
- No puedo bajar nunca- contestó Aurora, llevándose la mano a la boca, ocultando el agujero en su encía.

Honorio y Carmela Ramos trataron de tener un varón, una, dos, tres veces, pero como el último parto había sido peligroso, no pudieron hacer un cuarto intento. Así que se conformaron con sus tres hijas. A don Honorio le preocupaba la idea de que un buen día las niñas iban a crecer y no tendrían un hermano que las cuidara de los caballeros. Ese buen día se veía cada vez más cerca.
Aurora, la mayor, era morena como el padre, con los ojos profundos y manos largas, perfectas para tocar el piano, cosa que hacía desde los siete años. Carlota había heredado el cabello rubio de las hermanas de su madre, pero a diferencia de ellas, quienes sólo contaban con el cabello dorado como único atributo, la muchacha era hermosa como una ninfa. Etelvina, la más joven, era, a pesar de la edad, muy alta y delicada, graciosa como gato y tan ocurrente e ingeniosa que la madre había depositado en ella todas sus esperanzas de tener una hija en la universidad.
Honorio adoraba a sus hijas, tanto, que había perdido su rigidez, para convertirse en un padre consentidor y cariñoso, siempre dispuesto a cumplir los caprichos de sus princesas. Para su suerte, el cariño era respondido por parte de ellas con respeto y obediencia.
Las tres estudiaban en una academia para señoritas, en donde recibían clases de lectura, mecanografía e Historia de México. En la adolescencia, las tres eran buenas conversadoras, el orgullo de los Ramos, un matrimonio que a pesar de tener algunos bienes, no eran precisamente ricos ni populares.
Una vez al año, doña Carmela se esmeraba por hacer una gran fiesta en el mes de septiembre, para festejar a sus tres hijas, que habían nacido en el mismo mes, llevándose un año de diferencia entre cada una. Sacaban de la bodega los manteles bordados, los cubiertos, que sin ser de plata siempre eran objeto de buenos comentarios por parte de las damas, y otras cosas compradas especialmente para la ocasión.
Invitaban al presidente municipal, al jefe de correos, al notario, a todos los que creían indispensables en toda fiesta de mucha categoría, de los cuales sólo iba el jefe de correos, por ser amigo de la familia y haber enviudado joven, quedando libre para cortejar a cualquiera de las Ramos que aceptara su compañía.
Faltaban tres semanas para la fiesta, y dos días para el cumpleaños de Aurora, cuando una de sus compañeras de clase le dio un recado de Gilberto. Que te espera hoy en la plaza, a las cuatro, y que no vayas a llegar tarde.
Aurora lo pensó mucho, pero a las tres y media convenció a sus hermanas de que la acompañaran a comprar tinta a la papelería, y mientras ellas se entretenían viendo aparadores, dio la vuelta al kiosco, buscando al joven que no conocía más que de vista y de oídas, pero por el que llevaba suspirando varios días. La familia de Gilberto había llegado del norte apenas dos meses atrás, y todavía no eran conocidos en el pueblo, así que la idea de que la visitara en su casa resultaba poco sensata, conociendo a don Honorio y doña Carmela.
El primer encuentro duró solamente unos minutos, seguidos de la promesa de volverse a ver con más calma e intimidad.
La futura cita le daba vueltas y vueltas en la cabeza, hasta que se decidió a mandarle un recado a Gilberto, quedándose de ver, esta vez, enfrente de su casa, por la noche.
Lo vio llegar alrededor de las ocho y sentarse en la banca de enfrente, cuando don Honorio apenas estaba cenando. Alrededor de las once se apagó la última luz de la casa y Aurora salió por la puerta de atrás. Gilberto todavía estaba en la acera de enfrente, caminando de un lado a otro, como animal enjaulado.
Tomados de la mano se colaron por los callejones hasta llegar al patio de una iglesia abandonada, en donde la penumbra los ocultaba de las miradas curiosas.
Las intenciones de Gilberto iban más allá de una simple charla, y en cuanto tuvo la oportunidad, tomó a Aurora por la cintura y empezó a besarla. Ella, desconcertada, trató de evitarlo, al principio cortésmente, luego, usando la fuerza. Pero el muchacho no entendía razones, y comenzó a meterle las manos por debajo de la blusa. Asustada, buscó la manera de zafarse. Su mano halló un ladrillo suelto sobre el muro en el que estaban recargados, ladrillo que sin mucho impulso fue a dar en la oreja del apasionado amante.

En la infancia, Aurora había contraído una infección que los médicos le controlaron con un antibiótico muy agresivo, tan agresivo, que le afectó la dentadura. Con muchos cuidados lograron salvarle los dientes, menos uno. Don Honorio, que no quería resignarse a que su hija quedara así, con la sonrisa arruinada, le mandó poner un diente de oro. Aunque Etelvina también necesito una pieza igual, no llamaba la atención por tratarse de un molar y no de uno de los dientes de enfrente como el de Aurora, que brillaba cada vez que sonreía. Con el tiempo, esta curiosa joya se convirtió en un detalle encantador en la señorita Ramos.
Y ahora ya no estaba. Por eso Aurora no podía parar su llanto, encogida en una silla, sin saber cómo encontrarse con sus padres en el desayuno y que no le vieran el faltante que tenía en la dentadura.
Tenía que actuar rápidamente para salir del apuro por ese momento. Carlota sugirió el plan: fingirse enferma para no salir de su cuarto, pero no demasiado como para necesitar la visita del médico. Un cólico menstrual era suficiente para no ser molestada y que con sólo escucharlo su padre se diera vuelta, apenado, y no quisiera saber más del asunto.
Cuando Étel y Carlota regresaron de la escuela, encontraron a la enferma algo mejorada y exigieron una explicación. Aurora les pidió disculpas adelantadas, primero, por no ser honesta con ellas, segundo, por haber obrado mal. Luego les contó sobre la primera cita con Gilberto. Cuando contaba sobre la segunda, no pudo evitar el llanto, y enjugándose las lágrimas, le platicó lo de los besos y cómo le estampó el ladrillo justo en la sien derecha. Casi sin poder hablar, y secándose el rostro con la sábana, les dijo cómo Gilberto se había puesto tan furioso que le dio una cachetada que la dejó tirada en el piso. Él se fue corriendo y la pobre había regresado sola a su casa, a entrar rezando para que nadie la escuchara.
No tenía marcas en su cara, pero las hermanas se quedaron tiesas cuando Aurora abrió la boca y les mostró que había perdido el diente de oro. ¿Cómo dar una explicación sin provocar un escándalo, y a tan poco tiempo de la fiesta? Era imposible. Su madre no era tonta y no tardaría mucho tiempo en sospechar que algo no andaba bien.

La pequeña muela de Etelvina sólo necesitó un leve pero certero golpe de martillo para desprenderse. No fue tanto el dolor como la sangre. Había que ver si se ajustaba a la boca de Aurora. El mismo martillo hizo un segundo trabajo. Un poco apretado, un poco ladeado, pero el oro estaba, temporalmente, en su lugar.
Aurora cenó poco esa noche, sólo avena con leche, temiendo que en una de esas se le cayera la muela de su hermana.

Había logrado engañar a sus padres, hablando poco y tapándose discretamente al abrir la boca. El hueco de Etelvina era casi imperceptible a simple vista. Las piernas le temblaban pero sólo ella misma podía notarlo. Además, los preparativos de la fiesta ocupaban la mayor parte del tiempo de los señores Ramos.
Pero a los tres días la encía de Aurora se estaba poniendo morada. La muela le lastimaba, y como tenía que darle con el martillo para que permaneciera en su lugar, tenía la carne viva y amoratada.
A la semana ya no sabía si tirar la toalla o aguantar hasta que un milagro ocurriera o llegara otro dentista al pueblo, uno que no fuera amigo de sus padres. Tenía escalofríos, pero fingía demencia cuando doña Carmela le preguntaba si era necesario llamar al Doctor Jiménez.
Carlota estuvo a punto de confesar todo cuando despertó y vio que su hermana estaba ardiendo en fiebre y que tenía la encía roja e hinchada, pero la misma Aurora la agarró del camisón y la obligó a quedarse a ayudar a Étel, que le ponía compresas para la calentura.
Ese día se fueron sin ella a la escuela, porque al tratar de pararse Aurora se dio cuenta de que realmente estaba enferma y que necesitaba hacer algo para remediar su terrible situación.
Frente al espejo, se quitó la muela. El sabor amargo del pus le dio arqueadas pero se aguantó las ganas de vomitar. Se enjuagó la boca, sin sentir ya dolor, y volvió a colocarse el oro en su lugar.
Se envolvió en las cobijas y trató de dormir un poco en lo que llegaban Etelvina y Carlota. El temblor de las piernas desapareció justo antes de que doña Carmela entrara en la recámara con el doctor Jiménez.




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